Este espacio reúne artículos y entrevistas sobre temas legales e institucionales cuyas ideas espero poder seguir discutiendo.
lunes, 26 de enero de 2009
Fiscalía basará su alegato en el poder concentrado en el SIN
martes, 23 de diciembre de 2008
Huyendo por la tangente
Sobre la sentencia del caso El
Frontón
César Azabache Caracciolo
El Tribunal Constitucional acaba
de renunciar a resolver claramente qué debemos hacer con el caso que discute
las condiciones en que fue debelado del motín senderista de junio de 1986 en la
cárcel de El Frontón. Honestamente creo que la falta de una decisión clara
sobre el particular nos daña como país. Todo asunto que arrastra nuestra
memoria colectiva como cuestión pendiente afecta, a la larga, nuestra confianza
en el sistema legal. Y la Sentencia que el TC acaba de adoptar en este caso representa,
lamento decirlo, una manera de no terminar de encarar este asunto en su exacta
dimensión.
La defensa de los procesados por
los métodos empleados al debelar el motín de junio de 1986 (o al menos la
defensa de alguno de ellos) está intentando que el caso no llegue a juicio por
el tiempo que ha transcurrido desde los hechos: Más de 20 años. Veinte años es,
en efecto el plazo máximo para llevar a tribunales casos de homicidio anteriores
a 1991. Sin embargo, hay una serie de razones para sostener que este plazo no
se aplica cuando el caso trata sobre violaciones a los derechos humanos, sea
cual sea la regla del Código Penal que se haya invocado. Estas razones son, de
hecho, tanto o más importantes que aquellas otras que, eventualmente, podrían haber
justificado el uso de las reglas sobre prescripción en estos casos ¿No era éste
entonces un asunto sobre el que el Tribunal Constitucional nos debía un
pronunciamiento definitivo, independientemente del resultado que corresponda
adoptar? ¿Que ganamos entonces con eludir el asunto, además de confirmar que éste
Tribunal ya no es el mismo que era hace sólo unos meses?
Veamos: En agosto del 2000 la
Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado peruano por lo
ocurrido en El Frontón, y le ordenó investigar los hechos. En setiembre del
2001 la misma Corte declaró que el paso del tiempo no debe impedir que un caso
sobre derechos humanos llegue a juicio. En marzo de 2004 el Tribunal
Constitucional, basándose en la jurisprudencia de la Corte, llegó a declarar que
la Constitución asegura el derecho a saber la verdad sobre todo evento de
violencia, lo que sin duda incluye las violaciones a los derechos humanos. A mediados
del año pasado un tribunal de Lima, sin siquiera revisar estos antecedentes,
declaró que las investigaciones sobre El Frontón debían archivarse por el paso
del tiempo. El asunto fue llevado al Tribunal por impulso de una de las
principales ONGs del medio, el Instituto de Defensa Legal (IDL), que
aparentemente había intervenido como amicus curiae en el proceso, y el Tribunal ha fallado diciendo
que no iba a declarar nada sobre el fondo del asunto, porque el IDL había
atacado la Sentencia que mandó a archivar el caso sin tener derecho formal a
hacerlo.
De hecho, si es verdad que el IDL
sólo fue aceptado en el caso como amicus curiae, es decir, como consultor de la
Corte, entonces no tenía derecho a atacar la Sentencia. Hay que decir que por
razones de este tipo en febrero de 1993 la Corte Interamericana de Derechos
Humanos se negó a llevar a juicio el caso Cayara. No es absurdo entonces que en
determinadas circunstancias errores de procedimiento obliguen a cerrar un caso
de derechos humanos. Pero no puede dejar de observarse que el peso de los hechos
en discusión era esta vez demasiado grande como para justificar que el Tribunal
se haya limitado a declarar que no emitiría sentencia sin siquiera declarar
cuáles eran las reglas a seguir en el caso.
Me niego personalmente a pensar
que para poner punto final a esa herida abierta formada por los casos
pendientes de los ochenta y noventa se deba acudir a una venda que nos impida
debatir, de plano, cuáles son las responsabilidades involucradas en lo
ocurrido. Creo que como sociedad le debemos al país por lo menos la honestidad
de encarar esta herencia de manera seria y responsable, incluso aunque el
resultado que pueda obtenerse de un debate abierto pueda no corresponder a
nuestras preferencias personales. Nuestro sistema legal, entonces, ha quedado
en deuda con todos nosotros, con nuestro derecho a hacernos responsables por
nuestra historia reciente.
lunes, 17 de noviembre de 2008
El teorema de Thomas
El teorema de Thomas
César Azabache Caracciolo
En un comentario muy oportuno (El
Comercio, 31/10/08 “Lo que vemos, es”),
Fernando Vivas resume de qué manera las grabaciones de imágenes y audio se han
convertido en un factor que nos permite establecer (o creer que establecemos)
la verdad de las cosas. El impacto que produce en nuestra percepción la imagen
o el sonido registrados ofrece un refugio que permite depositar nuestra
confianza en algo que se muestra sólido, indiscutible y persuasivo, incluso a
pesar de su mínima entidad moral o de su origen ilegal. Quizá por eso la enorme
atención que convocaron los vladivideos. Quizá por eso el éxito de los
paparazzi locales. Y es que “una foto [cito el lema de una campaña
publicitaria] vale más que mil palabras”, ¿verdad?
Por
mi parte confieso albergar dudas sobre la utilidad institucional que estamos
concediendo a este tipo de productos. La primera fuente de estas dudas proviene
de la ahora evidente relación entre los productos que están circulando y ciertas
mafias por descubrir que parecen tener el descaro de manipular crisis institucionales
como la actual para desarrollar campañas de publicidad perversa a favor de sus
propios servicios y vender en el mercado tanto grabaciones relevantes para casos
de corrupción como basura capaz de producir escándalos sólo por el modo y
oportunidad en que es difundida ¿O es que acaso cada vez que aparece un nuevo
audio no se está sugiriendo, veladamente, que grabar a los demás es útil para
dañarlos?
La segunda
fuente de estas dudas proviene de la enorme dependencia que genera este tipo
de productos. Si algún problema enfrenta la fiscalía en el caso Fujimori, es la
falta de una grabación que lo muestre dando la orden que la fiscalía sostiene
que dio en los casos Barrios Altos y La Cantuta. Buena parte de la comunidad
tiende a creer que sólo está probado aquello que consta en una grabación. Y cree
por tanto que si no hay una grabación o algo tan persuasivo como una grabación,
ningún caso puede probarse. No es difícil observar hasta qué punto este efecto nos
pone un corsé que presiona demasiado al sistema institucional.
Pero
tengo una tercera fuente de dudas. Y es que no todas las grabaciones tienen el
mismo contenido, y sin embargo, en determinadas condiciones, todas las grabaciones
son capaces de causar el mismo impacto. Todavía ha pasado poco tiempo, en
términos de memoria colectiva, entre el hallazgo de los vladivideos y el
presente. De alguna manera, grabaciones como las de León Alegría evocan las
sensaciones explosivas, mezcla de rabia por los hechos, júbilo por el descubrimiento y pánico en los afectados, que
todos sentimos a finales de la década pasada. Tal vez eso explique la
desproporción entre el tamaño del crimen descubierto en el caso León Alegría (grave
sin dudas, pero no terminal, institucionalmente hablando) y la reacción del
sistema político (terminal, sin duda, si ha caído un gabinete). Hay un evidente
desfase entre lo que se ha visto y lo que se ha hecho. Y ese desfase se puede explicar
parafraseando el título del oportuno artículo de Vivas: “En realidad, lo que se
ve no ‘es’. Sólo ‘es’ lo que decimos que hemos visto”. Y “lo que decimos que
hemos visto”, a veces no resulta de nuestros propios sentidos, sino de lo que
alguien nos sugiere al dirigir nuestra mirada.
La observación
de un producto tan demoledor como una grabación tiene un evidente efecto
evocativo que distorsiona la percepción y abre espacio para la manipulación más
artera. Un informante aprovechado puede convencer al más capaz y bien
intencionado operador del sistema de la gravedad de una comunicación inocua sin
siquiera editar la grabación, sólo manipulando los significados y el contexto
de la grabación que pretende hacer difundir. Al final del día, tenemos
demasiada rabia y frustración acumulada para reparar en detalles. Necesitamos
lanzar, proyectar, transferir toda nuestra desconfianza hacia algún hecho que
la justifique, o más o menos la justifique, o parezca justificarla. De ahí la
necesidad de tener extremo cuidado al manejar este tipo de productos.
Y es que, lo dijo William
I. Thomas en 1928, “cuando los hombres definen las situaciones como reales, son
reales en sus consecuencias”.
viernes, 14 de noviembre de 2008
El hombre más buscado llegó como si nada en un taxi al juzgado
El Comercio Perú
Tema del día
14 de Noviembre 2008
Ex ministro aprista se entregó luego de 38 días de
clandestinidad. Durmió en la carceleta judicial y hoy será llevado a un
penal de Lima
Por Luis García Panta / Mario Mejía Huaraca / Alberto Villar Campos / Gerardo Caballero
Después de 38 días de haber esquivado la justicia, y luego de un
infructuoso plan de la Policía Nacional para capturarlo (incluida una
recompensa pecuniaria), el ex ministro aprista Rómulo León Alegría se
puso ayer a derecho ante el Tercer Juzgado Especial de Lima que despacha
Jorge Barreto Herrera, en la sede de los juzgados anticorrupción, en
Lince. León lucía más delgado, tenía barba y llevaba lentes oscuros.
Su sorpresiva aparición se produjo a eso de las 2:15 de la tarde y
desconcertó a los pocos periodistas que aguardaban su llegada a esa sede
judicial, anunciada dos días antes a algunos medios por uno de sus
abogados.
El cuestionado ex funcionario, acusado de favorecer a una empresa
extranjera en la adjudicación de cinco lotes petroleros, llegó en un
taxi acompañado por Eduardo Roy Gates, hijo del abogado penalista Luis
Roy Freire y segundo miembro de su defensa. En ese mismo momento, Roy
Freire declaraba a la prensa en las escaleras del recinto jurídico,
ubicado en la cuadra 26 de la avenida Arenales.
Sin dar declaraciones, León Alegría ingresó junto con sus abogados,
custodiado por personal de seguridad del edificio, que evitó en todo
momento el ingreso de la prensa.
Una hora y media después, en medio de estrictas medidas de seguridad,
el ex ministro aprista fue llevado a la carceleta del Palacio de
Justicia, donde pernoctó, debido a que el Consejo Técnico Penitenciario
de esa entidad, encargado de decidir a qué penal debía ser trasladado,
había concluido ya su jornada laboral. Hoy León Alegría podría ser
trasladado al penal de procesados primarios de Lima (antes San Jorge) o
al penal Miguel Castro Castro.
Horas antes de su aparición, Roy Freire había señalado que la entrega
de León Alegría no podía darse, pues no existían las garantías
suficientes para su patrocinado.
Por la mañana, el abogado llegó a los juzgados anticorrupción con el
fin de averiguar el resultado de la apelación solicitada para cambiar el
mandato de detención del ex ministro aprista por el de comparecencia.
EN NOMBRE DE LOS HIJOS
"Me entrego por mis hijos, en
especial por haber afectado la carrera política de mi hija Luciana.
Pensé en hacerlo desde hace días, pero el abogado dilató mi entrega.
Nunca salí de Lima, todo este tiempo estuve en un escondite en San Juan
de Lurigancho", dijo Rómulo León Alegría a uno de los agentes de la
Policía Judicial que lo trasladó. El oficial narró que León se mostró
muy arrepentido y afectado por todo lo que se dijo en su contra, en
especial, porque se vinculó a sus hijos en los presuntos actos de
corrupción por los que se le juzgará.
Rómulo León Romero acudió a la sede judicial de Lince y respaldó la
decisión de su padre de entregarse a la justicia. Asimismo, dijo haber
ignorado en todo momento el paradero de su progenitor y manifestó su
confianza en que la justicia demostrará su inocencia. Finalmente, señaló
estar preocupado por el estado de salud de León Alegría.
EL HOMBRE MÁS BUSCADO
Rómulo León era el hombre
más buscado del país. Tras él estuvieron más de cien agentes de la
Policía Judicial, de Anticorrupción, de la División de Investigación de
Secuestros y de la Dirección de Inteligencia de la PNP.
Desde que el 6 de octubre el juez Barreto dictó orden de detención en
su contra, los agentes buscaron al ex funcionario estatal en 20
domicilios de la capital. Varios grupos de policías se movilizaron
también a Chiclayo, Trujillo, Cajamarca, Huacho y, en los últimos días, a
Huancayo.
En todas esas ciudades, la Policía Nacional tenía pistas de su
paradero. Hace unas semanas, el Ministerio del Interior ofreció una
recompensa de S/.100 mil a quien diera pistas o información sobre el
lugar donde se encontraba el ahora procesado.
CRONOLOGÍA
4Un Gabinete entero cayó
[5 de octubre]
Fernando
Rospigliosi presenta cuatro audios en los que Alberto Quimper y Rómulo
León Alegría negocian la adjudicación de cinco lotes petroleros a
Discover Petroleum.
[7 de octubre]
El ex director de Perú-Petro Alberto Quimper Herrera es detenido por orden del Juzgado Anticorrupción.
[8 de octubre]Sesión del Gabinete Ministerial en pleno, en el cual sus integrantes ponen sus cargos a disposición del presidente.
[10 de octubre]El presidente Alan García acepta
la renuncia del Gabinete Ministerial en pleno. El reemplazante de Jorge
del Castillo sería Yehude Simon. La Procuraduría del Ministerio de
Energía y Minas solicita a la Fiscalía Anticorrupción la detención o
arresto domiciliario del abogado Ernesto Arias Schreiber.
[17 de octubre]Rómulo León envía un video a diferentes canales de televisión con sus descargos.
[23 de octubre]El Congreso crea una comisión para que investigue sobre interceptaciones telefónicas.
[7 de noviembre]Palacio de Gobierno difunde una carta enviada por Rómulo León a Alan García en su desesperación por acercarse al mandatario.
EL PERFIL
Los antecedentes del ex ministroNació
el 7 de octubre de 1946, en Trujillo. Estudió Sociología. Durante el
primer gobierno de Alan García fue diputado por Lima y ministro de
Pesquería.
En junio de 1988, el entonces diputado Fernando Olivera lo acusó de
cobrar coimas, lo cual desencadenó una trifulca. El 15 de abril de 1991
fue acusado constitucionalmente por irregularidades en la construcción
del muelle pesquero de Chimbote.
El 20 de octubre de 1994 fue denunciado penalmente por enriquecimiento ilícito en agravio del Estado.
RÓMULO LEÓN ALEGRÍA. EX MINISTRO APRISTA DEL CONSULTOR
Simplemente, un prófugo*
El Caso
León Alegría, con las distancias que hay que salvar, ha repetido en
nuestro imaginario colectivo varias de las estampas que dejó Montesinos.
Si al video de Kouri siguieron cientos de videos, no todos
relevantes, al audio de León siguieron otros, no todos útiles. Si fugó
Montesinos, fugó también León. Si la fuga de Montesinos llevó la
atención de todos hacia su pareja sentimental, la fuga de León dejó
expuestos a los hijos. Si tanto se repiten las cosas, esperemos que
ahora no terminemos revistiendo al prófugo con esa aura mítica de
pitoniso atesorador de verdades ocultas que tan ingenuamente concedimos a
Montesinos, al que por un tiempo dejamos jugar a ser el factor que
separaba (o pretendía separar) la verdad de la mentira en lo que a
corrupción se refería. La fuga crea tres efectos perversos: el prófugo
incrementa su imagen de poder, porque muestra que nadie es capaz de
encontrarlo. Crea una estela de víctimas que confunden al espectador,
porque las arbitrariedades o excesos que se imponen a su familia y a su
entorno dañan la imagen de seriedad del caso en su contra. Lo que es más
grave, crea expectativas desproporcionadas sobre lo que vaya a decir, y
esas expectativas pueden hacernos olvidar cuál es su papel en la
historia: el de un prófugo. Nada más.
* César Azabache Caracciolo. Ex procurador anticorrupción
jueves, 11 de septiembre de 2008
Un balance final
Un balance final
César Azabache Caracciolo
Si algo hemos perdido en el
juicio contra Fujimori en este tiempo, ha sido la oportunidad de fijar en
nuestra memoria colectiva una versión lo más clara y sencilla posible sobre lo
que ocurrió en el país en los años 90. Es de lamentar (aunque resulta
inevitable en un juicio de estas características), que en lugar de aproximarse
a una versión más o menos ponderada sobre lo ocurrido, la defensa y las partes
acusadoras se hayan entrampado en la insistencia por confirmar teorías
extremas, y por ello irreconciliables, sobre el periodo de los noventa. La
Fiscalía y las víctimas han sostenido una versión sobre la culpabilidad total
de Fujimori que supone la demostración de órdenes directas y expresas que
posiblemente nunca haya sido necesario emitir. Al frente, la defensa pretende
una exoneración de responsabilidad penal tan absoluta que resulta
institucionalmente insostenible. Nadie en el juicio ha intentado pararse en
medio de ambas versiones. Y esto es lamentable porque las versiones extremas,
por lo general, corresponden a apetencias, aversiones, principios o
preferencias subjetivas, pero no a un juicio reflexivo sobre los hechos y las
responsabilidades que corresponden a su organización.
Como
simple observador me parece difícil aceptar la imagen de un Fujimori
premeditando y organizando en persona las matanzas de Barrios Altos y la
Cantuta. Salvo que medie un grave desorden de conducta, no encuentro manera de
convertir a un profesor de matemáticas recién llegado a la política en un
asesino en serie, menos a casi un año de haber reclutado para su entorno a personalidades
como Gloria Helfer y Hernando de Soto. En lo personal, ni siquiera creo que
Fujimori supiera mucho de la violencia que atravesaba el país en ese entonces.
Menos puedo creer que haya desarrollado tan a prisa la perversa habilidad que
se requiere para usar la muerte como táctica política. Aunque sea sólo una
hipótesis, de hecho, no estoy en posición de probar nada, me convence más la
imagen de un Fujimori completamente inexperto, emboscado por alguien
(¿Montesinos acaso?), que podría haberle impuesto la masacre de Barrios Altos
como hecho cumplido. Si recordamos el periodo, observaremos que a principios de
los noventa la corporación militar estaba dividida entre varias “alas duras” y
otros varios grupos de oficiales que intentaban deshacerse de alguna manera de
un pasado reciente plagado de masacres inútiles. En medio de ese giro, las
investigaciones en el Congreso sobre casos como El Frontón y Cayara creaban el
riesgo objetivo de que las cosas terminaran con juicios en forma. Sucesos como
el golpe de Estado de abril de 1992, los cambios en la política de ascensos
militares y las masacres de Barrios Altos y Canto Grande, pueden haber servido
para forzar a la corporación y al propio ex presidente a “cerrar filas” a favor
de la impunidad de los crímenes de los ochenta. Si esto fue así, entonces el
problema no está en tratar de probar si Fujimori tenía o no “dos estrategias
antisubversivas”. Lo que hay que probar
es que los crímenes en efecto se cometieron,Un balance final y que Fujimori,
siendo el Presidente de la República, no hizo nada desde Barrios Altos para
evitar que Canto Grande y La Cantuta ocurrieran. Si se trataba de resolver un
problema político forzando al sistema a tomar partido por la impunidad,
entonces la omisión revela aquiescencia, y se convierte en algo tan grave como
matar, sin necesidad de buscar en ningún archivo firmas probablemente
inexistentes.
No
hemos discutido sobre el significado de las omisiones de reacción en este contexto.
La acusación ha buscado la prueba de un hecho extremo. A pesar de su gran
desempeño, no creo que haya logrado este objetivo. En reacción, la defensa se
ha limitado a eludir los golpes. Fujimori no se ha sentido obligado a pedir
perdón por lo que en efecto puede no haber ordenado, pero sin duda dejó hacer.
Y si mis sospechas son ciertas, lo dejó hacer por la más banal de las razones:
Facilitar su propio posicionamiento político en base a una alianza perversa e
innecesaria que, sin embargo, cumplió su objetivo: Evitar los juicios sobre
violaciones a los derechos humanos que debieron hacerse a principios de los
noventa.
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viernes, 4 de julio de 2008
El silencio equivocado
El silencio equivocado
Por César Azabache
Ha sido inevitable que la presentación de Montesinos en el juicio de
Fujimori convoque tanto interés. También ha sido inevitable que
Montesinos aproveche ese interés para, después de tiempo, recuperar
tribuna y relanzar una imagen que ya había perdido: La del todopoderoso
"hombre de inteligencia" que camina al medio de sus captores cuando es
detenido; decide (o pretende decidir) quiénes son responsables y quiénes
no; declara cuando quiere y sobre lo que quiere, y se burla
abiertamente de las autoridades que lo juzgan. El único dato realmente
curioso de la puesta en escena del ex asesor ha sido la indumentaria:
Esta vez Montesinos abandonó las extrañas camisas de seda roja, verde o
casi verde de las anteriores audiencias para volver al traje oscuro y el
pañuelo en el bolsillo de sus presentaciones públicas de finales de los
noventa, cuando se especulaba sobre su ingreso a la política.
¿Pretendía mostrarnos la imagen de una vigencia que ya no tiene?
¿Qué pasó en la audiencia? Montesinos tiene derecho a no declarar en
casos de este tipo porque enfrenta procesos por los mismos hechos. Pero
no tiene derecho a decidir cuándo declara y cuándo no, o qué preguntas
contesta y cuáles no, ni tiene derecho a decidir cuándo se acaba la
audiencia ni por qué razones. Sin embargo, lo hace, porque cualquier
sanción del tribunal o incluso un eventual procedimiento por resistencia
a la autoridad resultarían minúsculos frente a la cantidad de
acusaciones que pesan en su contra. Con base en la impunidad que le
concede el castigo ya impuesto, Montesinos ha puesto en escena un juego
perverso: Él asume el control de la audiencia y decide sobre todo lo que
puede decidir y se burla de todo aquel que caiga en su juego. La imagen
que resulta es la de un sistema débil que no puede contenerlo. ¿Era
necesario exponernos a eso?
¿Dijo Montesinos algo de importancia? Su línea de declaraciones sobre
las interceptaciones telefónicas ya había sido exhibida en una tribuna
menos llamativa que esta: La del juicio que se le siguió por ese caso.
No constituye entonces una novedad. Sí cabría preguntarse por qué el ex
asesor insiste tanto en recordarnos que intervino teléfonos durante toda
la década del noventa y que ya lo hacía cuando oficial del Ejército.
¿Estará tratando de recordarle a alguien que tiene en su poder las
cintas de esos audios? ¿Estará tratando de obtener de alguna manera el
apoyo de alguien? No hay manera de saberlo, de modo que lo peor que
podríamos hacer a estas alturas es obsesionarnos con las supuestas
cintas de Montesinos, como nos obsesionamos antes con los famosos videos
ocultos o pendientes de hallar. ¿Qué más hizo? Incriminó al fiscal
Guillén, que no estaba presente en la audiencia, con cargos menores que
sin duda serán debatidos dentro del Ministerio Público. ¿Nos pondremos a
discutir acaso si el fiscal Guillén debe ser apartado del proceso por
esos cargos? No creo que seamos tan fáciles de manipular. ¿Qué más hubo?
Nada en absoluto, fuera de la confirmación de que la extensión del
juicio y el enorme rodeo que se da en cada interrogatorio están
comenzando a dejar exhausto al sistema.
Nuevamente, le dimos la palabra a la persona equivocada; le dejamos
hacer lo que le vino en gana y ni siquiera pudimos decidir cuándo se
callaba. ¿No es esto más o menos lo mismo que pasó con Martin Rivas?
viernes, 6 de junio de 2008
Cuando ganar equivale a perder
Cuando ganar equivale a perder
César Azabache
Los órganos públicos obtienen su
legitimidad de la consistencia de sus decisiones. Una decisión debe ser clara y
congruente; debe tomar en cuenta la forma en que se decidieron cuestiones
semejantes en el pasado, y debe hacerse cargo de cuanto representa e implica
para la comunidad. La responsabilidad en la comunicación institucional exige cuidar
que cada decisión represente una confirmación de la autoridad y de la
legitimidad pública del órgano que la emite. Y esto se aplica, aunque con
matices, tanto a un Juez como a un Ministro, a un Congresista o a un Consejero.
Pues
bien. No tengo manera de saber en este momento si fue justo o no que el señor
Romero sea destituido. Pero si me queda claro que el CNM no se hizo cargo del
significado ni de las consecuencias que van asociadas a reconsiderar una decisión
pública. En mi opinión, eso explica la dimensión de la crisis desatada.
En
CNM había optado ya por la destitución. El Señor Romero afirmó que el CNM tenía
derecho a reconsiderar sus decisiones, y solicitó una reconsideración. El CNM
confirmó que tenía en efecto tal derecho y cambió su decisión. El malestar
provocado por este cambio de decisión fue evidente, pero creo que no ha sido
correctamente explicado. Se ha dicho que dos Vocales han contradicho sus votos
anteriores, y se ha dicho también que las razones que dieron no parecen
suficientes. No me siento satisfecho por ninguna de estas dos razones. Por
definición, reconsiderar una decisión equivale a contradecirla, de modo que no
me sorprende el cambio en la votación. Y la suficiencia de las razones conduce
a un inevitable círculo vicioso: Si estamos a favor las razones nos parecerán adecuadas,
y si estamos en contra, insuficientes. Creo, por ello que el malestar que todos
sentimos debe explicarse de otra manera.
Repasemos el
asunto: La reconsideración es un procedimiento extremo. Supone que una entidad
respetable ha cometido un error muy grave y que no tiene sentido destituir a
sus miembros, precisamente porque son respetables. En un caso así la única
manera de recuperar la legitimidad afectada por el error es reconocerlo y
enmendar la situación. Pues bien, para que un error sea muy grave, debe
percibirse como un asunto que genera o puede generar una cuestión de Estado. En
consecuencia, si el señor Romero quería obtener una reconsideración, debió antes
demostrar que su salida del judicial había sido injusta y que representaba una
contradicción con lo que se supone que representa el CNM. Probablemente el
camino más sencillo para lograrlo habría sido explicarnos a todos porqué debe
volver a la judicatura. Si hubiera podido convencernos, entonces su pedido se hubiera
convertido en un reclamo atendible, y la reconsideración habría expresado la
solución a un reclamo que sería ya no sólo suyo, sino de alguna manera
colectivo. Este es el camino que no se ha transitado. El señor Romero y el CNM
han tratado la reconsideración como si se tratara de cualquier recurso y, con
ello han creado una fisura de legitimidad de proporciones mayores que ha
terminado involucrando al Congreso, donde además la crisis se ha tratado de una
manera lamentable.
¿Cómo revolver
el entuerto? Los problemas institucionales no se solucionan nunca complicando
más las cosas. Se solucionan simplificándolas. Si el señor Romero no se ha tomado
la molestia de explicarnos a todos, de manera clara y convincente, porqué debe
regresar al judicial, entonces debe hacerlo. Creo que todos merecemos oír esa
explicación. El CNM no se ha tomado la molestia de observar que su posición en
el sistema institucional se arriesga por definición cuando decide cambiar una
decisión ya adoptada. Entonces necesita más tiempo para aprender la lección. Probablemente
para expresar todo esto haya que anular la reconsideración y volver a poner en
debate el pedido del señor Romero. El señor Torres ha dado una muy buena razón
para justificar una anulación: Un pedido semejante del BCR parecería no haber
sido enteramente discutido por el CNM ¿Por qué entonces no comenzar todo de
nuevo, antes que terminemos dañando más al órgano que elige a nuestros jueces,
y también al Congreso, que parece atrapado por la fascinación de defender lo indefendible?
martes, 29 de abril de 2008
La ceguera en Andahuaylas
La ceguera en Andahuaylas
Por César Azabache Caracciolo
Los sucesos de Andahuaylas de enero del 2005 representaron un intento
por volver a instalar entre nosotros la violencia física directa como
vehículo de comunicación política. Sintetizaron la dimensión perversa
que se aloja en la memoria de una comunidad que, entre otras cosas,
vivió atravesada por el terror y la guerra interna durante más de quince
años.
Después de Sendero, y antes de Andahuaylas, los sucesos de Ilave de
abril del 2004 habían mostrado ya hasta qué punto se puede manipular y
hacer explotar la carga de frustración y rabia que impregna nuestro
tejido social. Si Andahuaylas marca un hito en esta historia es porque
representa una manera extrema de usar esa rabia para obtener ventajas
particulares. Y esto sería suficiente para justificar el castigo a los
responsables del hecho, incluso aunque no se hubiera asesinado a cuatro
policías durante la asonada. Si el evento es por sí mismo repudiable,
esas muertes dan a la historia el perfil de una atrocidad inaceptable.
¿Qué intentó hacer Antauro Humala en Andahuaylas? Más de cuatro años
antes, en octubre del 2000, Antauro, ya retirado, y su hermano Ollanta,
todavía en el Ejército, protagonizaron el levantamiento de Locumba, una
asonada sin víctimas durante la que se leyó una proclama pidiendo la
renuncia de Alberto Fujimori. El evento terminó con la entrega de los
protagonistas de la asonada, su encarcelamiento, un juicio militar y una
amnistía otorgada por el gobierno del presidente Paniagua.
La secuencia otorgó a los hermanos Humala una fuerte presencia
política y una cierta aura mítica, basada en la imagen de dos oficiales
(en realidad, uno) que se levantan contra un dictador (en realidad, un
presidente ya sin respaldo en medio de una crisis de legitimidad
terminal). Esa aura parece haber resistido a las dudas que se levantaron
cuando comenzó a insinuarse que la asonada habría podido ser una
maniobra conspirativa del montesinismo. Pues bien, ¿quería Antauro
revivir esa aura mítica, hacerla actual, al tomar la comisaría de
Andahuaylas en enero del 2005? De primera impresión, parecería que
Antauro no percibió las diferencias que median entre levantarse contra
Fujimori a finales del 2000 y levantarse contra Toledo comenzando el
2005. Y es que cualquiera sean nuestras preferencias personales, todos
reconoceremos que ambos momentos no son comparables. Provoca, entonces,
pensar que los sucesos de Andahuaylas fueron provocados por una torpeza.
¿Pero Andahuaylas revela solo un caso de torpeza?
El principal protagonista del levantamiento, Antauro, 'no ve' algo
que para todos resulta evidente (las diferencias entre los momentos de
uno y otro levantamiento). 'No ver' algo que marca una diferencia moral
(la diferencia entre 'lo justo' y 'lo injusto'), ni siquiera tomar en
cuenta su posible importancia, revela desprecio. Quien 'no ve' una
cuestión moral decide pasarla por alto; no asigna al portador de esa
cuestión (quien la reivindica como algo importante) ninguna
consideración. El 'no haber visto' las diferencias que median entre los
sucesos de Locumba y los de Andahuaylas resulta de un enorme desprecio
por diferencias entre ambos eventos. Y el asunto es especialmente grave
porque esas diferencias están basadas en cuestiones sobre la legitimidad
de los gobernantes.
Los sucesos de Andahuaylas expresan un enorme desprecio por cualquier
forma de legitimidad que no provenga de las armas. Representan la
puesta en marcha de una estrategia de aproximación al poder basada en la
violencia. La ilegitimidad de Fujimori, que fue la razón de la amnistía
que obtuvieron los protagonistas de Locumba es, al menos para Antauro,
solo un accidente circunstancial. Su verdadero mensaje no está en la
caída del dictador, sino en el uso de las armas contra todo régimen que
no coincida con sus preferencias personales. Vistas así las cosas, se
vuelve poco importante establecer si el levantamiento de Locumba resultó
o no de una conspiración montesinista. El hecho es condenable incluso
considerando la ilegitimidad de Fujimori, porque contiene un mensaje
inaceptable: el mensaje de quien ve en sus propias preferencias
personales fundamento suficiente para usar las armas.
En la memoria personal de Antauro no se ve mayor diferencia entre
Locumba y Andahuaylas. Y esto pone en evidencia el desprecio que ocultó
detrás de esa tremenda ceguera que provocó la muerte innecesaria de
cuatro personas.
martes, 5 de febrero de 2008
Fujimori ante la justicia
Fujimori ante la justicia
El juicio contra Fujimori ha permitido a la Corte Suprema mostrar
que el juicio penal puede ser un espacio de debate útil y legítimo para
establecer una respuesta institucional equilibrada a uno de los principales
problemas morales de la sociedad, que se refiere a las condiciones en que un
mandatario debe ser considerado responsable por los actos de sus subordinados.
Está demostrando además que la justicia no tiene por objeto castigar sin más a aquellos
que parte de la sociedad considera culpables de delitos. El objeto de la
justicia es hacer que las decisiones sobre una acusación sean comprensibles
para todos, y esto se logra cuando se debaten razones que todos podemos conocer
y comprender. La Surepma ha seguido una línea de comunicación institucional
clara, ordenada y comprensible para todos. Y esto hay que saludarlo. Por lo
demás el modo en que se están conduciendo las audiencias hace posible que todos
tengamos una idea más clara y mejor justificada sobre lo ocurrido en nuestra
historia reciente. Y eso sin duda, contribuye a establecer una manera de
ponernos de acuerdo en asuntos que normalmente nos dividen irremediablemente.
Por lo que toca a las estrategias en marcha hay varias sorpresas.
Fue útil para los objetivos de la Fiscalía haber puesto una especie de “zoom”
sobre el detalle de cada crimen descrito en la acusación. El
detalle expuesto por los testigos sobre las masacres de Barrios Altos y La
Cantuta es horrendo hasta tal punto, que el repaso de cada declaración sugiere que
el acusado no podrá mantener su defensa en la frágil línea de la ignorancia
sobre lo ocurrido. Lo horrendo expresado en cada crimen moviliza la indignación
de todos. El argumento de la ignorancia, puesto frente a la imagen de lo
horrendo, puede terminar multiplicando el rechazo que convoca el acusado en
muchos sectores de la población hasta hacerlo general o claramente mayoritario.
Para ponerlo en una frase, el argumento de la ignorancia se muestra inaceptable
frente a las imágenes que convoca cada una de las declaraciones que estamos
escuchando. Y esto inclina la balanza a favor de la acusación. Sin
duda, el efecto que produce esta parte del juicio no corresponde al texto original
de la acusación. La
acusación original presentaba a Fujimori como jefe efectivo de los
paramilitares, dando órdenes concretas de matar. Esta imagen no corresponde a
lo que vemos en las audiencias. En ellas aparece un Presidente que presta una tolerancia
inaceptable al uso del Grupo Colina como vehículo de eliminación
antisubversiva. En este asunto la indiferencia impasible es más que simple
negligencia. “Dejar hacer” que es terriblemente grave cuando quien “deja hacer”
se tiene la última palabra sobre el destino de las cosas y el poder suficiente
para evitarlas.
Dados los testimonios registrados, podría eventualmente
dudarse sobre el compromiso de Fujimori en el caso Barrios Alto (aparentemente
el primero de la lista), pero en evidente que después de Barrios Altos el
Presidente de la República tenía algo que hacer contra el Grupo Colina, y ese
algo era más que “esperar que la Fiscalía investigara”. En todo caso, la
felicitación concedida y el respaldo al ascenso de los principales miembros del
Grupo (aparentemente, lo único que efectivamente hizo el acusado en este
tiempo) representa bastante más que un descuido.
La fuerza moral del juicio se inclina entonces,
irremediablemente en contra de un acusado que se muestra impasible frente al
detalle de lo sucedido. Conducido a una suerte de callejón sin salida, Fujimori
se muestra efectivamente paralizado. El respaldo político de sus partidarios no
parece haber soportado la intensidad del juicio, y ha menguado. La contundencia
del discurso político original que esgrimían sus voceros no parece haber
encontrado adaptaciones a nuevas versiones que le permitan renovarse y mantenerse
en vigencia. La buena imagen profesional de su abogado, César Nakazaki, parece
ser el único refugio de legitimidad que queda al acusado. Pero el discurso
legal de la defensa no se ha hecho cargo, todavía, del problema de la pasividad
del ex mandatario frente a los crímenes cometidos. No se observa hasta ahora un
discurso hasta ahora que responda a la dimensión de lo evidente.
En este medio, el silencio del acusado no parece ser, más, una
respuesta convincente.
miércoles, 5 de diciembre de 2007
lunes, 29 de octubre de 2007
domingo, 26 de agosto de 2007
Lo que ahora le toca hacer a la justicia
Sobre lo que ahora hay que hacer
El fallo de la Corte Suprema de
Chile cierra el debate sobre la legitimidad del proceso. Los tribunales
chilenos han reconocido que el Estado peruano tiene derecho a sentar a Fujimori
en el banco de los acusados. Lo que viene ahora es entrar ya al detalle de cada
caso y volver a mirar las evidencias reunidas. Y es que no es lo mismo
considerar justificado el proceso que considerar probados los delitos.
La prueba de
un caso penal es un asunto de convicción. Hay diferencias de grado o medida
entre lo que se requiere para llevar a alguien a juicio y lo que se requiere
para condenarle. Si usamos la escala del uno al cien, podríamos decir que para
llevar a una persona a juicio se requiere prueba como de cincuenta. Pero para
condenarle, la prueba debe llegar hasta cien. La condena requiere la máxima
prueba posible de un caso, y esta prueba sólo se alcanza cuando se lograr eliminar
toda duda sobre la culpabilidad del acusado. Las reglas del procedimiento impiden
condenar a alguien cuando existe por lo menos una razón seria para dudar de la acusación. Por eso las
mismas pruebas que justifican llegar a juicio pueden, luego, ser consideradas
insuficientes para apoyar una condena. Y es que los testimonios y las evidencias
a veces parecen más fuertes en el papel que en el escenario de un juicio.
Ahora bien
¿cómo se prepara un juicio de este tamaño? Las leyes del procedimiento permiten
que los casos sean reorganizados antes del inicio de las audiencias para simplificar
las cosas. Podríamos entonces tener no siete, sino dos grandes juicios contra
Fujimori: Uno por los casos de corrupción que se ha presentado en su contra
(entre ellos, la indemnización a Montesinos antes de su fuga y el robo de los
vídeos en poder de Trinidad Becerra) y uno por los casos sobre violaciones a
los derechos humanos. En el caso de la indemnización de Montesinos y en el caso
del robo de los videos se anuncia la presentación de evidencias directas sobre
el comportamiento personal de Fujimori. Estos casos pueden ser, entonces, los
más sencillos desde el punto de vista de las pruebas. En los casos sobre
derechos humanos se anuncia un debate basado en evidencias indirectas o
circunstanciales y se anuncia también un debate sobre las reglas de responsabilidad
penal que deben aplicarse a un ex mandatario. Esto hace que estos casos sean relativamente
más difíciles de sostener. El tipo de pruebas y las reglas en discusión hacen,
entonces, una primera diferencia fundamental que justifica la separación de
estos casos.
También hay
diferencias en el debate sobre las indemnizaciones a discutir. En los casos de
corrupción la indemnización que debe solicitar la Procuraduría se construye a
partir del monto de fondos del tesoro desviados por Montesinos. En los
principales casos de derechos humanos las indemnizaciones se organizan en
función a las condenas que la Corte Interamericana ha impuesto al Estado y en
las reclamaciones que víctimas de los casos no resueltos puedan demandar.
En los debates
sobre los casos de derechos humanos probablemente la defensa de Fujimori va a
sostener que las evidencias circunstanciales son insuficientes y que las
declaraciones informales de los Colina, o las declaraciones de los colaboradores
con la justicia no pueden ser usadas como pruebas. La Fiscalía en cambio deberá
probar que la posición que ocupó Fujimori como Jefe de Estado hacía imposible
que los crímenes se organizaran sin su intervención, autorización o
aquiescencia. En los debates sobre indemnizaciones, en cambio, la defensa no va
a poder negar la dependencia entre Fujimori y Montesinos, y esa dependencia es
determinante para hacer al ex mandatario responsable por los daños causados.
Lo esencial
ahora, es asegurarnos que el juicio sea organizado adecuadamente. Sería un
desperdicio que el juicio contra Fujimori se convierta en una secuencia
insufrible de audiencias que se agoten en la lectura de papeles imposibles de
comprender. Este juicio debe ser un espacio de debate abierto a todos, porque
lo que se discutirá aquí va a determinar el modo en que veamos en adelante
asuntos decisivos para organizar el poder y la justicia en el Perú.
miércoles, 25 de julio de 2007
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