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lunes, 24 de septiembre de 2018

Entre la cima y el suelo llano


LA REFORMA DEL SISTEMA DE JUSTICIA

EL PROCEDIMIENTO DE ELECCIÓN DE JUECES NO VA A SERVIR SI NO SE MODIFICA EL AMBIENTE EN EL QUE SE DESENVUELVEN LOS TRIBUNALES.


El presidente Martín Vizcarra redefinió los términos de su relación con el fujimorismo llamando a referéndum. Aceleró luego el proceso convirtiendo el llamado en cuestión de confianza. El asunto concluirá cuando se convoque el referéndum. Pero mientras tanto, debe notarse que la velocidad de reacción que ha adquirido el presidente en el manejo de estos temas no se está traduciendo en la puesta en marcha de políticas públicas propiamente tales en materia de justicia. Veo un desfase entre la precisión que se exhibe en la cima de la escena y el relativo vacío que predomina en el suelo llano. Y si este desfase se mantiene, entonces el capital político acumulado en la coyuntura podría agotarse en el momento mismo en que el referéndum anunciado el 28 de julio se concrete.

Las buenas ideas no conforman políticas completas, solo oportunidades que es preciso llenar de contenido.


La reforma del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), estandarte del referéndum, devino en imprescindible porque el daño causado por las grabaciones que involucraban a los consejeros solo podía ser compensado por un cambio fuerte en el nivel más alto del sistema. Sin embargo no existe una relación directa entre los cambios que puedan resultar de la conformación del CNM y la calidad de la justicia que recibe la ciudadanía. La justicia no va a cambiar porque se modifique el procedimiento de elección de jueces. Ocurre al contrario. El procedimiento de elección no va a servir para mucho si no se modifica también el ambiente institucional en el que se desenvuelven los tribunales de justicia.


La calidad del sistema de justicia debe medirse a través de tres indicadores: la capacidad del sistema para proteger a las mujeres y a los grupos vulnerables, su capacidad para lograr que los daños causados por abusos o transgresiones de cualquier tipo sean reparados, y el tiempo que toma castigar los delitos. Si ninguno de estos indicadores se mueve, no podemos afirmar que se haya producido ningún cambio de importancia en el sistema. Y probablemente haya que recordar en este momento que nuestras estadísticas oficiales ni siquiera contienen datos que permitan producir mediciones mínimas del sistema en base a estos indicadores elementales.


Por desgracia, todos los agentes involucrados en la crisis están pensando en el modo en que puede administrarse mejor el sistema judicial que existe. Aparentemente nadie está pensando seriamente en que la reforma del sistema no consiste en que los tribunales operen mejor, sino en que operen de una manera distinta a la que ahora siguen como pauta.


Para que el sistema opere de una manera distinta es preciso modificar el eje de relación que media entre jueces y ciudadanía. El sistema necesita legitimidad y autoridad moral. La legitimidad y la autoridad moral son productos derivados de la confianza, y la confianza no puede construirse sin espacios estables de interacción. Para construir estos espacios necesitamos que los jueces estén instalados ahí donde vivimos, en los municipios, donde aparentemente ni siquiera imaginamos ahora cuánto los necesitamos.


Los jueces deben convertirse en jueces nuestros. Y deben ser inamovibles, de manera que podamos conocerlos, predecir cómo decidirán casos futuros y controlar su actividad a través de la regularidad de sus decisiones y su buen comportamiento en comunidad. Tenemos que abandonar los traslados y las rotaciones, que hacen que no podamos saber si el juez que recibió nuestros casos será quien los resuelva. Y tenemos que eliminar la provisionalidad, que ahora permite que las cortes tengan injerencia sobre la conformación de los tribunales, y puedan conceder puestos y ascensos que el CNM deniega.


¿De qué sirve reformar al CNM si el destino final de los jueces depende de las cortes?


Los tres ejes, municipalización, inamovilidad y erradicación de la provisionalidad, deben expresarse en una reducción drástica del número de jueces de la Corte Suprema. También en la creación o redefinición de espacios judiciales locales, que ahora son invisibles o casi inexistentes. Y deben provocar el reforzamiento de la justicia nacional, que debe seguir a cargo de la criminalidad organizada grave y de la relacionada con la corrupción de alto nivel.


Es preciso recordar que en el mensaje de julio, el presidente ofreció instalar un consejo al que se encargaría la definición de la política judicial de manera estable. Ese consejo no se ha instalado, ni siquiera ha sido convocado. Y hay que recordar, además, que tan importante como la política judicial en este sector es la política de persecución del delito, una línea de definición de la actividad pública que mantenemos en parcial invisibilidad, quizá a consecuencia de los impasses aún irresueltos alrededor de la Fiscalía de la Nación.


Construir sobre el suelo llano, que es el espacio en el que vive la ciudadanía. No solo en la cima. Ahí la consigna.


Publicado en El Comercio el 24 de setiembre de 2018

lunes, 27 de agosto de 2018

El juego de las sillas


LA ROTACIÓN DE ALGUNOS CARGOS PÚBLICOS

VOTO POR QUE EL CONEJO QUE INSTALEMOS DESPUÉS DEL REFERÉNDUM RATIFIQUE O INVITE A PASAR AL RETIRO A QUIENES AHORA ESTÁN EN LA CORTE SUPREMA.


No creo posible establecer el momento exacto en el que comenzamos a convertir la política en el juego de las sillas. El juego –si alguien no lo recuerda– consiste en hacer rondas esperando que la música se detenga para entonces dejar en evidencia que hay alguien que no tiene dónde sentarse. El jugador que queda sin asiento se retira. Entonces el juego supone no tener más habilidad que la necesaria para correr, empujar a discreción y retener un asiento que en realidad jamás es nuestro. Nunca entendí qué se supone exactamente que enseña este juego, aparte, claro, de la enorme crueldad que encierra no tener más objetivo que retener alguna silla en el reparto sin importar las consecuencias.

Nuestra historia inmediata muestra que las presidencias pueden convertirse en sillas. Pedro Pablo Kuczynski intentó retener la suya canjeando votos contra llaves de acceso a nuevas clientelas. Pero no es el único caso que muestra presidencias convertidas en sillas. Reviso el cuadro de presidencias de Comisiones del Congreso y observo que casi ningún cargo se repite. Un amigo me informa sobre el origen del extraño fenómeno: “Es que en la mayoría de bancadas las presidencias rotan por turnos”. Aparentemente también para algunas agrupaciones políticas, todos tienen derecho a sentarse en esa silla, al menos por un tiempo.

La Fiscalía de la Nación administra un recurso muy escaso: la persecución del delito. Pero el cargo no se elige con nuestra intervención, directa o indirecta, como se eligen los ministerios. La Fiscalía de la Nación se asigna por costumbre al fiscal supremo más antiguo. Así, todos pueden alguna vez sentarse cómodamente también en esa silla.

“Me toca”. Aparentemente la frase funciona tanto en la fila de un supermercado como en determinados espacios en los que debe asignarse la jefatura o la representación de cuerpos públicos colegiados que –en teoría– deberían organizarse en perspectiva a consideraciones derivadas de políticas públicas.

Repaso las grabaciones del señor Walter Ríos, ahora detenido, pero antes tenedor también de una presidencia en la Corte del Callao. Claramente otra presidencia convertida en una silla. Parece, sin embargo, que el señor Ríos planeaba pararse sobre ella para otear el horizonte. Encuentro en alguna de estas transcripciones la palabra “hegemonía”. En la teoría social, la hegemonía hace referencia al modo en que se establecen y comparten visiones del mundo y de las cosas que articulan la política. Pero en el lenguaje vulgar de las grabaciones, la palabra apenas hace referencia a la formación de mayorías en base a sobornos e intercambios de favores entre redes pervertidas. Una Corte Superior se controla pactando las designaciones con quienes manejan el Consejo Nacional de la Magistratura, que además parece repartir como si fueran prebendas las posiciones en la Corte Suprema y la permanencia de los miembros de la junta de fiscales supremos.

En este instante la música parece haberse detenido. Nadie juega al juego de las sillas. Todos los que han podido hacerlo permanecen sentados, aferrados a asientos que no son suyos. Algunos están perplejos. Otros en franca defensiva. No es absurdo imaginar que ha llegado el momento de retirar todas las sillas de la sala, para que ninguno de los protagonistas de este juego encuentre nunca más dónde sentarse. Pero quizá sea más bien el momento de encender todas las luces, para que todos veamos con precisión absoluta quién es quién y a qué y con quién, deliberada o irresponsablemente, estaba jugando.

Bienaventurado sea el jugador que de propia voluntad se aparte. También el que pueda ponerse de pie y nombrar por su propio nombre a quienes hasta hoy actuaron en tinieblas.

Por mi parte, espero que todos se pongan de pie. No es el momento de retener ninguna silla. Mi voto por que el consejo que debemos instalar después del referéndum ratifique o invite a pasar al retiro, por una sola vez, a quienes ahora están en la Corte Suprema. Mi voto por que la Corte Suprema asuma el desafío de reducirse ella misma y frenar toda movilidad de magistrados y toda designación provisional, para asegurarnos de que no habrá ya más tráfico de posiciones por simple clientelismo. 

Mi voto además por que la junta de fiscales supremos acuerde su propia disolución. Y aunque este no sea un asunto que corresponda al referéndum, mi voto por que el Congreso cree una nueva Junta de Gobierno del Ministerio Público y convierta al fiscal de la Nación en un sujeto elegido y políticamente responsable por la definición de políticas públicas establecidas como tales.

Dar un paso adelante, pedir perdón y comenzar de nuevo. Ponernos todos a disposición de un nuevo sistema de control. Romper colectivamente con quienes nos trajeron hasta aquí. Y también con nosotros mismos. Hacer renuncias y hacerlas inmediatamente. Porque algún precio tendremos que pagar si queremos reinventarnos de alguna manera que sea honesta y sea sostenible.

Públicado en el Comercio el 27 agosto de 2018.