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miércoles, 11 de marzo de 2015

Entrevista en La Hora N sobre la sentencia de Antauro Humala

En el programa La Hora N de canal N, el lunes 9 de marzo, el Dr. César Azabache fue entrevistado por Jaime de Althaus sobre una posible liberación de Antauro Humala, preso por el Andahuaylazo, quien ha planteado un hábeas corpus.

Azabache también habló sobre el reciente fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, señalando que la defensa del Estado en esta corte es muy mala.


lunes, 19 de marzo de 2012

Comportamiento arbitrario


Comportamiento arbitrario
César Azabache Caracciolo

¿Curioso, verdad? El líder del llamado “etnocacerismo” se las está arreglando para mantenerse en el primer plano de la escena política en base a debates intensos sobre exitosas situaciones absurdas. La escena pública está saturada de incidentes de este tipo. Y sin embargo se repiten con una periodicidad alarmante. Hay algo, sin duda, que se expresa en todo patrón de capricho voraz. Y debemos entenderlo, si queremos enfrentarlo de manera efectiva.

Habría sido mejor, tras las elecciones pasadas, discutir de manera abierta si debía modificarse o no las condiciones impuestas en prisión a quien terminó siendo el hermano del Presidente de la República. Mi impresión, de hecho, es que no. Pero si alguien tenía una impresión distinta, pues entonces el debate abierto era el camino para establecer el curso de la acción pública. En lugar de hacer esto se nos ha terminado imponiendo una serie disociada de hechos consumados, cada cual más ridículo que el otro. Y el Ejecutivo ha insistido en justificar casi todos los eventos registrados. En este camino se ha terminado por horadar, innecesariamente, la credibilidad de un Ministro y del Jefe de una de las principales y más complejas entidades del sistema de justicia penal, el INPE. Y me confieso tentado a pensar que ese resultado (la corrosión de la credibilidad pública de dos autoridades públicas formales) no puede haber estado fuera de la visión del genio maligno que ideo esta secuencia de hechos absurdos.

Un genio maligno. Si miramos las cosas en perspectiva, provoca pensar que alguien está tratando de establecer cuánto mide nuestra tolerancia colectiva al capricho impuesto desde el poder, y cuan sostenibles en el tiempo pueden resultar situaciones disfuncionales impuestas de facto. Imaginar a un actor perverso jugando en el laboratorio político con la resistencia institucional resulta de fábula. De hecho, suena conspirativo, y siempre hay que dudar de las teorías conspirativas. Pero la idea del genio maligno revela con bastante precisión el riesgo implícito en este tipo de situaciones. Los comportamientos arbitrarios tolerados generan un producto muy atractivo en ambientes poco institucionalizados. Generan la idea de un alguien que es capaz de obtenerlo todo, por más absurdo que parezca, y hacerlo sostenible. Un patrón semejante de soluciones arbitrarias a casos legales abrió espacio al Montesinos de finales de los 90. Por cierto, como sociedad, deberíamos mostrar señales que confirmen que estamos totalmente curados de ofertas de servicios arbitrarios de ese tipo.


En 1945 Camus describió un Calígula que buscaba obsesivamente que alguien en su entorno se resistiera alguna vez a sus perversos caprichos. La versión de Kubrick de 1979 usó el rostro de Malcom McDowell para expresar la paradójica frustración y el desprecio con el que ese personaje comprobaba que su propio poder no tenía límites. Temo que la semántica del poder arbitrario no admite, en la realidad concreta de los desórdenes políticos, ni siquiera espacio para una culpa perversa como la que corroe la existencia del antihéroe de Camus. 

viernes, 9 de septiembre de 2011

Punto Final



Punto final
César Azabache Caracciolo

El miércoles 7 de este mes ha sido difundido el voto del señor Santa María que cierra el debate sobre la condena a imponerse al jefe del amotinamiento de enero del 2005. Ya es sabido que el señor Santa María ha votado a favor de la ponencia suscrita por los Señores Rodríguez, Neyra  y Castillo, que se inclinaba por calificar el hecho conforme a las reglas del homicidio simple, el secuestro, la rebelión y otros delitos menores y por imponerle una condena a privación de libertad por 19 años.
Visto el texto hay que decir que agrega razones legales de peso a favor del voto de la mayoría, frente al voto de los señores Villa Stein y Pariona, aunque la explicación sobre la condena a 19 años (siendo 20 la condena mínima para los casos de secuestro) me sigue pareciendo insatisfactoria. Y también lamento (aunque esto es explicable técnicamente, no era ineludible) que el fallo haya optado por una manera a mi parecer innecesariamente conservadora (pero no por ello indebida) de interpretar las reglas sobre el asesinato. Si alguna diferencia moral media entre los eventos de Locumba y los de Andahuaylas es, precisamente, el carácter innecesariamente cruento de estos últimos. Calificar las muertes del Puente Constitución como homicidios simples y no como asesinatos me produce, entonces, resistencias morales. Pero no podemos dejar de reconocer (aunque no nos guste) que era una de las opciones posibles desde el punto de vista estrictamente jurídico.
En todo caso, el proceso ha concluido. Antes de cerrar, el anuncio hecho por el propio condenado de su inminente liberación, y de la instrumentalización que preparaba hacer para recuperar la libertad por beneficios penitenciarios o por una amnistía provocó una reacción de la comunidad sólo comparable con la que frenó hace algunos años la posibilidad de allanar el camino para una solicitud de beneficios penitenciarios, aparentemente del señor Crousillat, sobre la base de descontar los días de detención domiciliaria como si fueran días de detención en cárcel. El test institucional impuesto por el propio condenado ha servido, desde mi punto de vista, para dejar completamente en claro que los sistemas institucionales, más allá de la neutralidad que deben mantener, no son manipulables. Son capaces de reaccionar a influencias externas y reposicionarse. Dan cuenta de esa reacción el que la Fiscalía de la Nación, la Corte Suprema y el Ministerio de Justicia hayan aclarado que los beneficios penitenciarios no se conceden automáticamente sólo por el paso del tiempo durante los debates provocados por el propio condenado, el que se le haya sancionado por dirigirse a los medios de prensa sin autorización oficial desde una cárcel de máxima seguridad y el que se haya sancionado también a quienes tenían su custodia a cargo. En este marco (no es ninguna paradoja) es también muy importante que el Señor Santa María haya reaccionado con su voto, no contra tendencia, sino de manera equilibrada, centrando el caso a través de una decisión que puede ser opinable, pero que es equilibrada y que deja en claro que el judicial, aunque pueda equivocarse, tampoco tiene la obligación de seguir a pie juntillas la dirección que se imprime desde la comunidad de observadores o formadores de opinión en estos temas.
Más allá de preferencias personales, y de las secuelas que sin duda el caso tendrá todavía (ya se anuncia un habeas corpus que reiniciará los debates sobre el hecho) debemos reconocer que el caso está institucionalmente cerrado. Y cerrado con la autoridad de una judicatura que ha demostrado saber equilibrar con cuidado  el curso de un procedimiento que parecía destinado a descarrilarse, a llevarse por delante la confiabilidad de un sistema institucional que aún está en permanente revisión y observación.
Aunque, insisto, no responda a mis preferencias personales, saludo los términos en que se ha cerrado éste caso. La cárcel, como destino de una persona, sea quien sea, constituye siempre un resultado doloroso. Pero la impunidad frente a eventos de esta envergadura dolería a todos aún más. El judicial ha protagonizado uno de los debates morales más intensos del tiempo presente. Y desde mi punto de vista, lo ha cerrado con el equilibrio que debe caracterizar todas sus decisiones siempre.

martes, 29 de abril de 2008

La ceguera en Andahuaylas

La ceguera en Andahuaylas

Por César Azabache Caracciolo

Los sucesos de Andahuaylas de enero del 2005 representaron un intento por volver a instalar entre nosotros la violencia física directa como vehículo de comunicación política. Sintetizaron la dimensión perversa que se aloja en la memoria de una comunidad que, entre otras cosas, vivió atravesada por el terror y la guerra interna durante más de quince años.
Después de Sendero, y antes de Andahuaylas, los sucesos de Ilave de abril del 2004 habían mostrado ya hasta qué punto se puede manipular y hacer explotar la carga de frustración y rabia que impregna nuestro tejido social. Si Andahuaylas marca un hito en esta historia es porque representa una manera extrema de usar esa rabia para obtener ventajas particulares. Y esto sería suficiente para justificar el castigo a los responsables del hecho, incluso aunque no se hubiera asesinado a cuatro policías durante la asonada. Si el evento es por sí mismo repudiable, esas muertes dan a la historia el perfil de una atrocidad inaceptable.
¿Qué intentó hacer Antauro Humala en Andahuaylas? Más de cuatro años antes, en octubre del 2000, Antauro, ya retirado, y su hermano Ollanta, todavía en el Ejército, protagonizaron el levantamiento de Locumba, una asonada sin víctimas durante la que se leyó una proclama pidiendo la renuncia de Alberto Fujimori. El evento terminó con la entrega de los protagonistas de la asonada, su encarcelamiento, un juicio militar y una amnistía otorgada por el gobierno del presidente Paniagua.

La secuencia otorgó a los hermanos Humala una fuerte presencia política y una cierta aura mítica, basada en la imagen de dos oficiales (en realidad, uno) que se levantan contra un dictador (en realidad, un presidente ya sin respaldo en medio de una crisis de legitimidad terminal). Esa aura parece haber resistido a las dudas que se levantaron cuando comenzó a insinuarse que la asonada habría podido ser una maniobra conspirativa del montesinismo. Pues bien, ¿quería Antauro revivir esa aura mítica, hacerla actual, al tomar la comisaría de Andahuaylas en enero del 2005? De primera impresión, parecería que Antauro no percibió las diferencias que median entre levantarse contra Fujimori a finales del 2000 y levantarse contra Toledo comenzando el 2005. Y es que cualquiera sean nuestras preferencias personales, todos reconoceremos que ambos momentos no son comparables. Provoca, entonces, pensar que los sucesos de Andahuaylas fueron provocados por una torpeza. ¿Pero Andahuaylas revela solo un caso de torpeza?

El principal protagonista del levantamiento, Antauro, 'no ve' algo que para todos resulta evidente (las diferencias entre los momentos de uno y otro levantamiento). 'No ver' algo que marca una diferencia moral (la diferencia entre 'lo justo' y 'lo injusto'), ni siquiera tomar en cuenta su posible importancia, revela desprecio. Quien 'no ve' una cuestión moral decide pasarla por alto; no asigna al portador de esa cuestión (quien la reivindica como algo importante) ninguna consideración. El 'no haber visto' las diferencias que median entre los sucesos de Locumba y los de Andahuaylas resulta de un enorme desprecio por diferencias entre ambos eventos. Y el asunto es especialmente grave porque esas diferencias están basadas en cuestiones sobre la legitimidad de los gobernantes.

Los sucesos de Andahuaylas expresan un enorme desprecio por cualquier forma de legitimidad que no provenga de las armas. Representan la puesta en marcha de una estrategia de aproximación al poder basada en la violencia. La ilegitimidad de Fujimori, que fue la razón de la amnistía que obtuvieron los protagonistas de Locumba es, al menos para Antauro, solo un accidente circunstancial. Su verdadero mensaje no está en la caída del dictador, sino en el uso de las armas contra todo régimen que no coincida con sus preferencias personales. Vistas así las cosas, se vuelve poco importante establecer si el levantamiento de Locumba resultó o no de una conspiración montesinista. El hecho es condenable incluso considerando la ilegitimidad de Fujimori, porque contiene un mensaje inaceptable: el mensaje de quien ve en sus propias preferencias personales fundamento suficiente para usar las armas.

En la memoria personal de Antauro no se ve mayor diferencia entre Locumba y Andahuaylas. Y esto pone en evidencia el desprecio que ocultó detrás de esa tremenda ceguera que provocó la muerte innecesaria de cuatro personas.