domingo, 2 de mayo de 2021

Dos primeros movimientos necesarios


Mis preocupaciones giran alrededor de lo que ocurra a partir de julio de este año, cualquiera sea el entorno en que deba ocurrir. Creo que toca establecer espacios institucionales intermedios que tamicen la polarización que exhiben los discursos de una Fujimori que pretende “defender el modelo” sin restricciones visibles, y un Castillo que sostiene que procederá “como decida el pueblo”, asumiendo que son sus propias intuiciones las fuentes de interpretación correcta de eso que “el pueblo pueda decidir”.


Respeto sobre manera el esfuerzo de quienes intentan arrancar a Fujimori compromisos institucionales. La presencia de Luis Carranza en su entorno marca un hito. Respeto también a quienes quieren forzar a Castillo a admitir la validez del discurso sobre los derechos y el enfoque de género y la necesidad de reforzar, no demoler, a las entidades que los protegen, aunque no se observen ahí grandes resultados. Están por cierto los límites que enfrentan estas dos tendencias, limitadas por el perfil de quienes postulan y sus entornos. Pero por encima de eso creo que ambos intentos agregan valor en la reorganización de un espacio institucionalista que sin duda habrá que recomponer y hacer subsistir más allá de las elecciones de junio, porque es ese espacio del que dependerá nuestra viabilidad colectiva.


Creo que el primer movimiento para construirlo depende de las elecciones de magistrados del Tribunal Constitucional. 


Paradójicamente el Congreso actual pretende reconfigurarlo a partir de una lista de candidatos que comenzó a ser armada antes de la crisis de Merino. La lista está absolutamente fuera de este tiempo político. Pero eso no parece importar a la mayoría de un Congreso que parece seguir discutiendo si Merino debió sostenerse como presidente o no. En estas condiciones, más allá de derechos, atribuciones formales o plazos vencidos, sigo creyendo que es preferible mantener la conformación actual del Tribunal Constitucional hasta que sea posible, al menos en base a una reforma constitucional transitoria, sacar su conformación del Congreso para entregársela a la Junta Nacional de Justicia. Guste o no, la Junta viene mostrando ser una de las pocas entidades capaces de actuar en un ambiente libre de influencias de contexto. El Congreso no.


No simpatizo con las formas del fujimorismo para elegir magistrados. Esas formas fueron puestas en evidencia en la elección que condujo al cierre del Congreso anterior. Y no encuentro cómo respaldar la bancada de un Castillo que pretende que el Tribunal Constitucional, llamado a proteger a las minorías, sea cerrado o sea elegido por votación universal, cuando son las mayorías a las que ese tribunal debe controlar.


Encuentro que el segundo tema a revisar se refiere a la posibilidad de introducir en el proceso elecciones para un nuevo Senado. Imagino esas elecciones convocadas para mediados del 23, no antes. Esas elecciones podrían generar un intermedio electoral que ponga límites prácticos al ejercicio del poder del extremo que gane las elecciones de junio, cualquiera que este sea. Las minorías que ahora postulan a la presidencia, ambas, deben saber que en poco tiempo su posición puede ser cuestionada por un siguiente ciclo electoral que ahora no existe. Faltan sin duda muchos números por revisar en esa discusión. 


Pero abrir el mercado de la política exponiendo a sus actores a un ejercicio competitivo en el corto plazo me parece imprescindible.

Necesitamos espacios intermedios que nos ofrezcan refugio en las tensiones que se abrirán después de julio de este año. Respeto a quienes intentan reducir los riesgos que las dos opciones en disputa exhiben. Pero encuentro imprescindible mirar lo que nos hará falta después de julio para tratar de ser viables.


Publicado en La República, el 2 de mayo de 2021

domingo, 18 de abril de 2021

Los días que nos faltan



El centro, sea que lo entendamos como un sector de la comunidad o como un espacio hacia al que hasta hace poco había que girar, se ha desvanecido. Si asignamos su intento a ser representado al Partido Morado, cosa que encuentro por demás discutible, casi no ha alcanzado escaños en el Congreso que viene. Pero no estoy seguro de que haya tiempo para un réquiem.

En 20 años la derecha más ciega ha usado al sistema institucional como pretexto para ensayar formas de aplastar las protestas relacionadas al agua, al territorio y al suelo. Estoy pensando en Cajamarca, en la Curva del Diablo y en Espinar, entre otras crisis. La izquierda que ha ascendido con estas elecciones parece dispuesta a usar la respuesta “al modelo” como pretexto para destrozar el sistema institucional. No puede ser gratuito que con 37 congresistas ya casi instalados Perú Libre anuncie su intención de cerrar el Tribunal Constitucional, contrapeso probado del populismo parlamentario, quizá porque sería también contrapeso de un procedimiento de reforma constitucional no equilibrado institucionalmente.

Al frente, el fujimorismo se viste de blanco de nuevo y se prepara para reclamar “la defensa del modelo”. Desde su perspectiva, la “defensa del modelo” parece sugerir la simple imposición de más de lo mismo bajo una ilusión que presenta el control del Ejecutivo como condición suficiente para contener el ascenso de lo que puede llegar a representar Perú Libre. Pero todos recordamos que se equivocaron creyendo que controlar el Congreso era suficiente para poner en jaque al Gobierno, ¿verdad? Imagino al señor Cerrón deseando en secreto que Castillo pierda, para instalarse como líder de la oposición y multiplicar “las contradicciones del modelo neoliberal”, defendido por quienes juegan como perfecto rival de una tragedia de villanos destinada a sumar simplemente “0” para todas, para todos.

Leo la escena desde la dignidad humana y los derechos de las personas y colectivos. Sin olvidar que los temas urgentes siguen siendo vacunas, salud, educación y empleo, miro con angustia la interrupción del ciclo que iniciaron las movilizaciones de diciembre 18 y noviembre 20 y el caso de Ana Estrada; cabezas de lista de una agenda que parece ahogarse en los límites que impone un Parlamento de mayoría conservadora y un Gobierno, que de un signo o del otro, será a la vez conservador y autoritario, en una variante o en la otra.

El centro, ya está dicho, se asfixió en la debilidad de su escasa representación; le pesó la memoria de 20 años impregnados de corrupción y se escondió en el voto en blanco, o se conformó con tomar asiento en una tribuna desde la que ha contemplado el espectáculo en silencio, sin aplausos, pero sin tomar la palabra tampoco.

Pasada la primera vuelta, la indiferencia se vuelve inaceptable. El centro mantiene viva su capacidad para decir “no”; mantiene su empatía con las calles, aunque aún sean principalmente urbanas; mantiene su capacidad de propuesta, ahí donde los extremos solo pueden o quieren o piensan imponerse.
Si existe, es momento de aparecer.

La calle no fue de esta izquierda ni de esta derecha en diciembre 18 cuando le dijo “no” al fiscal Chávarry. No lo fue en noviembre 20 para responder a Merino. Inti y Bryan no son mártires de esta izquierda ni de esta derecha. Son mártires de una lucha intuitiva por la conquista de una ciudadanía que aún nos es esquiva; de una ciudadanía que aún tiene que aprender a ser rural y a ser indígena, que todavía debe aprender a ser menos urbana para defender el mañana.

Para quienes pensamos desde aquí, queda sostenerse; queda seguir creyendo en lo mismo; queda defender las mismas ideas, aún a pesar de todo este pesar.

Porque ante todo debemos amanecer también en los días que aún nos faltan. 

Publicado en La República el 18 de abril de 2021.

miércoles, 7 de abril de 2021

El Estado, ese enorme ausente

El azar ha hecho que hoy El Comercio (“Pilares en ruinas; editorial) y La República (“El último país del consenso de Washington”, de Humberto Campodónico) publiquen en simultáneo dos textos que enmarcan mejor que el debate electoral entero la forma que viene adquiriendo la discusión sobre la redefinición del rol del Estado en la economía 

Como corresponde a la identidad de las fuentes que comento, el problema ha sido abordado en estas entregas desde dos puntos de vista distintos, que sin embargo se encuentran en la discrepancia. 


El Comercio abre la discusión marcando tres puntos de referencia: el crecimiento constante del PBI y la ampliación del presupuestos del Estado en 400% en los últimos 20 años y la reducción de los registros oficiales de la pobreza en el periodo 2004 - 2019 (del 58.7% al 20.2%). El Comercio presenta estos indicadores como resultado de un complejo institucional basado en la disciplina fiscal, la libre iniciativa privada y la independencia del BCR. Y sobre esta base, El Comercio llama a revisar con cuidado si tiene sentido emprender “aventuras económicas que buscan debilitar todo aquello que ya nos ha funcionado”.  


Humberto comienza proponiendo leer las cosas como resultado de un proceso en evolución. “El neoliberalismo de Reagan y Thatcher fracasó estrepitosamente -sostiene- con la gran recesión del 2008”. “Los países que ahora más crecen impulsan una economía mixta, como los países asiáticos, que lideran -ya están liderando, en muchas industrias- el mundo del siglo XXI”. Humberto sostiene que el enfoque sobre la economía que ha dominado estos últimos treinta años padece de cierta ceguera selectiva cuando “reconoce como propio solo aquello que habría sido creado por la mano invisible del mercado”, mientras atribuye a la “mano visible del Estado” el que no tengamos “buena educación ni salud ni infraestructura”. 


El Comercio admite que más allá de la cuestión sobre los fundamentos (donde no podemos esperar que haya unanimidad) la cuestión sobre los servicios públicos esenciales, que se ha vuelto dramáticamente visible con la pandemia, requiere cambios en la definición del modelo al que atribuye el éxito representado en sus tres indicadores. En un matiz poco afortunado, “Pilares en ruinas” intenta presentar esos cambios como si solo requiriera “ajustes” que deben ser hechos “aquí y allá”. El desbalance entre la representación del éxito que el artículo asigna al modelo y la catrastrófica situación del acceso al oxigeno y la educación obligan a considerar el problema como una simple cuestión de “ajustes circunstanciales”. Tan vez lo que haya que ajustar es la importancia que se asigna a estos tópicos en la descripción de una economía que incluso desde el punto de vista de las libertades ciudadanas no puede ser definida ya sin asegurar los servicios esenciales que debe recibir la ciudadanía por el hecho de serlo.


Pero en el plano practico la cuestión está planteada ya. Yo querría superar el sin sabor innecesario que me deja esa frase sobre los “ajustes” “aquí y allá” y pensar más bien que desde ambas fuentes se abre un espacio en el que la convergencia sobre la prioridad del debate sobre servicios a la ciudadanía aparece y se remarca, y debe remarcarse más. Socialismo y liberalismo no coincidirán jamás en los acentos,  en los diagnósticos ni en la narrativa del pasado. Pero pueden comenzar a conciliar en la manera de evitar que todas estas muertes que estamos registrando por la ausencia de un Estado, ese enorme ausente, no se registren más.  


¿Podremos imaginar entonces mesas en que economistas liberales y socialistas comiencen a discutir cómo resolver los problemas urgentes, aunque para hacerlo deban aprender a aplazar sus diferencias fundamentales?

domingo, 4 de abril de 2021

Las rutas que podemos seguir


La crisis de representación que padecemos ha tenido una expresión más que evidente en la falta de enganche entre la ciudadanía y las candidaturas de esta inusual competencia electoral. La prioridad sigue siendo, es evidente, la pandemia, la salud, la educación, el empleo y la reactivación de la economía.

Junto a estos temas los planes de gobierno muestran una lista de asuntos cuyo tratamiento conceptual comienza a hacerse homogéneo entre nosotros. Corrupción, justicia, seguridad ciudadana, narcotráfico y terrorismo, además de infraestructura y actualización tecnológica son asuntos que reclaman acciones, sin duda, pero no suponen diferencias decisivas en el abordaje.


Los planes de gobierno mejor elaborados contienen recopilaciones más o menos completas de lo que debe hacerse en estas áreas: en una síntesis, fortalecer, en un marco definido por la transparencia, la capacidad de maniobra y alcance de las agencias a cargo de cada sector.


Pero para diferenciar la simple retórica del compromiso en serio deberíamos poder medir la confianza que podamos depositar en los equipos profesionales que cada candidato pretende llevar al gobierno. Y aquí encontramos uno de los déficits más importantes de esta campaña, porque no todas, más bien pocas candidaturas han mostrado a los equipos desde los que conformarían sus gabinetes.


Sin embargo es imposible no notar que, en paralelo, fuera del proceso electoral y sin completa conexión a él, se está asentando entre nosotros una agenda de asuntos comunes que ha sido impulsada con mucho esfuerzo desde muchos sectores y que ahora puede transformar el modo en que abordamos la política, entendida en sentido amplio.


Una lista de asuntos que además marca diferencias entre las opciones que tenemos al frente y entre la forma en que podemos relacionarnos con “lo público”, ese espacio que aún debemos construir desde nuestras diferencias.


Las discusiones sobre recursos naturales, minería, impuestos, suelos y medio ambiente, además de consulta, participación y protesta, usualmente levantadas desde las izquierdas, han comenzado a desbordar su adscripción de origen para comenzar a ser reconocidas como asuntos fundamentales también para quienes no estamos en las izquierdas.


Junto a estos temas se ha instalado ya una lista importante de cuestiones vinculadas a la expansión de los derechos civiles: protección a las mujeres, enfoque de género, interrupción del embarazo, matrimonio igualitario, muerte digna, diversidad LGTBI+ y autocultivo de cannabis medicinal son solo algunos de los más importantes asuntos que parecen haberse independizado de sus colectivos de origen para convertirse en temas comunes.


Encuentro que el proceso de formación de esta agenda se expresó en las protestas de noviembre, pero se expresa también en el caso de Ana Estrada y en los debates sobre la zonificación de Lurín y el almacenamiento de minerales en el puerto de Paracas, para citar los casos más visibles.


¿Es posible negar la capacidad de convocatoria que estos eventos lograron alcanzar en estos últimos meses? La tupida agenda de conflictos sociales por resolver, que sin duda marcará en mucho el proceso de gobierno a partir de julio, requiere tomas de postura organizadas desde estos ejes, y requiere observación y mediación ciudadana.


Creo entonces que las claves para abordar el futuro inmediato se encuentran en estesta suerte de agenda externa a la campaña, no en la campaña misma.


La suerte de agenda externa a la campaña, no en la campaña misma.


Creo que la clave del equilibrio institucional posible en el ciclo que comenzamos ahora está en la ciudadanía; en su capacidad para articularse sobre la base de asuntos que convocan su interés.


Tenemos esta lista de asuntos comunes, que puede ofrecernos pistas sobre las rutas que podemos seguir.

No la perdamos de vista.


Publicado en La República el 4 de abril de 2021

miércoles, 31 de marzo de 2021

Debate Presidencial 2021: Analistas evalúan las propuestas de seguridad ciudadana y anticorrupción


El exviceministro del Interior, Ricardo Valdéz, y el exprocurador anticorrupción, César Azabache, analizaron este martes en RPP el segundo día del debate presidencial organizado por el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), en el que solo participaron cinco postulantes.

Seguridad ciudadana


El exviceministro del Interior, Ricardo Valdéz, indicó que la mayoría de propuestas de los candidatos presidenciales en el bloque de seguridad ciudadana "han sido bastante acotadas" y en algunos un "tanto decepcionantes". Además, consideró que la "mejor propuesta" proviene del candidato Ollanta Humala (Partido Nacionalista Peruano), y Daniel Urresti por mostrar indicadores claros.


"El general Urresti se ha mostrado como una persona tremendamente ansiosa por querer colocar sus puntos de vista (...) a diferencia de otros candidatos que se han mostrado a establecer el punto fijo de su mensaje. Ollanta Humala se ha concentrado en los temas de seguridad ciudadana y en los éxitos de su Gobierno, ese ha sido el eje de su discurso en este debate al mostrar lo bien que lo ha hecho", dijo


"Alcántara se ha preocupado básicamente en defender el referéndum. Castillo ha estado más preocupado por la nueva Constitución y por enganchar con el sector popular (...) y creo que Hernando de Soto ha estado más preocupado en su currículum y demostrar que sabe demasiado y que ha intervenido en prácticamente en todas las soluciones del país", comentó.


Ricardo Valdéz sostuvo que para atender la seguridad ciudadana debe haber una aproximación mixta en la coyuntura con la Policía Nacional del Perú y una intervención estructural desde el Gobierno. "La política de inseguridad no es una política policial", agregó.


El exviceministro del Interior afirmó que encontró un vacío en las propuestas de los candidatos sobre seguridad ciudadana al no precisar "el cómo lo van a lograr" basado en un correlato presupuestal.


"No he escuchado propuestas concretas, he escuchado una suerte de vista de la batería. No he escuchado cómo se van a poner en práctica. El presidente que entre en julio va a entrar con una economía bastante golpeada y por lo tanto todas las acciones que se quieren hacer no solamente en lucha contra la inseguridad ciudadana, sino en la pandemia y lucha contra corrupción tienen un sustento económico y se tiene que analizar con qué recursos se cuenta", dijo.


Lucha contra la corrupción


El exprocurador anticorrupción, César Azabache, consideró que las "cuestiones de corrupción" no se convirtieron en un diferencial entre las propuestas y planes de Gobierno de los candidatos a la Presidencia.


"Lo que se va a encontrar es una serie de estados de cuestión más o menos comunes, es decir, todos estamos girando en el discurso general hacia el reforzamiento de las instituciones de persecución del delito de corrupción, la discusión sobre sanciones que debe recuperar la Contraloría para ese tipo de casos, el papel de las procuradurías y su reforzamiento, esto son puntos comunes transversales", dijo.


César Azabache indicó que le llamó la atención que varios candidatos, como el señor De Soto, hicieron comentarios sobre actividades anticorrupción que no están en su plan, y que otros candidatos hablaron de temas generales en el bloque de corrupción.


El abogado experto en derecho penal indicó que varios planes de Gobierno sí tienen una narrativa alrededor de la descentralización en prevención de delitos de corrupción y en algunos de ellos se intenta utilizar las mesas de regidores para producir acciones de fiscalización semejantes a la del Congreso. Sin embargo, señaló "que ese no es el camino".


"La única diferencia fuerte que he encontrado está en el señor Humala, fuera del debate en la puerta hizo un comentario sugestivo sobre la politización de la lucha anticorrupción y el intercambio de funcionarios entre jueces  y fiscales, pero no lo dijo en el debate. Y una propuesta que no voy a llamar interesante, sino singular es la del señor Pedro Castillo: regresar a la muerte civil, que en su discurso lo asocia inmediatamente con denunciar el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos", sostuvo.


Publicado en RPP el 31 de marzo de 2021


domingo, 21 de marzo de 2021

La unanimidad sería sospechosa

Creo imposible negar el impacto que las fiscalías del caso Odebrecht han causado en el sistema legal. El equipo especial representa el punto de llegada de un proceso largo y complejo en el que las fiscalías penales han venido formando una imagen y una eticidad propias, diferenciadas de las judiciales y distintas de las que tenían en los 80. El proceso no es perfecto, como dejó en evidencia la reciente crisis en el equipo a cargo del caso de los llamados “cuellos blancos”, por citar un ejemplo; pero existe y no puede pasar desapercibido. Por alguna razón además ha sido más veloz entre fiscales que entre jueces de primera instancia. Quizás eso explique porqué antes de la pandemia las fiscalías del equipo especial obtuvieron del judicial casi todo lo que pidieron. Las fiscalías impusieron una forma de ver las cosas que impregnó al sistema judicial. El Tribunal Constitucional comenzó a cortar el proceso al anular las prisiones preventivas impuestas a Humala y a Heredia primero y a Keiko Fujimori después. Pero ahora, terminada la segunda cuarentena, el judicial ha comenzado a tomar cierta distancia de las fiscalías. Lo ha hecho con ocasión de dos pedidos sensibles, ambos desestimados este mes: la suspensión de Fuerza Popular y la prisión preventiva de Vizcarra.

Para mirar el proceso que parece comenzar es imprescindible dejar al margen toda preferencia personal. No se trata de insistir en que la señora Fujimori y su entorno aún deben explicar qué hicieron exactamente con casi 3 de los aproximadamente 9 millones de dólares o más que recolectaron en la campaña del 2011. Tampoco se trata de insistir en el significado y alcance de las revelaciones sobre la verdadera conducta de Vizcarra. Para ambas cosas habrá que esperar que estos casos lleguen a juicio, cosa que, hay que decirlo, parece aún lejana. Entender el proceso actual requiere mirar en otra dirección; hay que establecer qué significa que la judicatura le haya dicho “no” a la fiscalía en estos dos casos, que tienen por cierto signos políticos distintos.


En general no debería sorprendernos que el judicial desestime pedidos de la fiscalía, por más sensibles que sean. El sistema legal supone que las fiscalías y el judicial tiendan a pensar distinto. El equilibrio del sistema legal se construye en la continua diferenciación entre fiscalías y tribunales. Es la continua unanimidad, cuando se produce, la que debe llamar a sospecha. Y quizá antes de estas dos decisiones el sistema estuvo aproximándose demasiado a algo semejante a ella.


Es el pasado del que parece que salimos el que debía llamar a sospecha, no el presente que ahora se insinúa.


En las audiencias de esta semana la diferenciación entre la jueza Álvarez y el fiscal Juárez quedó en evidencia en un movimiento que encuentro particularmente ilustrativo. Hemos observado varias veces que las fiscalías tienden a sobrecargar sus pedidos de prisión preventiva, en texto y en palabra, con cuestiones relacionadas a la culpabilidad de la persona investigada, cuando deberían demostrar que realmente necesitan la prisión que solicitan. Esta semana, creo que haciéndose cargo de ese problema, la jueza Álvarez dividió la discusión en dos sesiones, dejando para la segunda la cuestión sobre la necesidad de la prisión. Este movimiento dejó descubierto que el fiscal Juárez tenía un set enorme de evidencias contra Vizcarra, pero no un caso que supere los estándares que el TC impuso en los casos Humala y Heredia y Fujimori para anticipar la prisión.


Lo que surge en la escena no es entonces un triunfo de Vizcarra. Es la imagen de un judicial que comienza a notar que un discurso propio sobre lo que debe hacerse y lo que no impregna de legitimidad su propio entorno institucional.

Más que un buen comienzo, sin duda.


Publicado en La República el 21 de marzo de 2021

domingo, 7 de marzo de 2021

Expresión de extrañeza

Estoy entre quienes desconfían de las iniciativas de control político de este Congreso. Salvo excepciones, no encuentro en su conformación visiones claras sobre lo público ni esfuerzos de representación que vayan más allá de pescar cámaras y ganar respaldos clientelistas. En los últimos años, atrapados en la ecuación fujimorismo/antifujimorismo, descuidamos al extremo la manera en que la política se vaciaba de contenido. Hoy parece reducida a un ejercicio plano de captura de posiciones de influencia que terminan subordinadas a intercambios desvinculados de metas institucionales. Entonces desconfío, porque el control político desarrollado en estas condiciones se convierte en algo sospechoso.

Sin embargo, la escena abierta por el caso de las fiscales Castro y Sánchez ha puesto en evidencia más de un problema institucional. Y por una vez el Congreso ha tomado una decisión que no puede desdeñarse de buenas a primeras.

Al margen de las usuales voces altisonantes que se escucharon en el pleno, el jueves 4 el Congreso expresó su extrañeza y malestar por la forma en que se ha conducido la crisis derivada del caso de ambas fiscales. No se ha lanzado a la enorme desproporción que representaría convertir este evento en una cuestión sobre suspensiones o inhabilitaciones. Este es un asunto de responsabilidades políticas, pero no alcanza para eso. De hecho la expresión de extrañeza fue provocada por la inasistencia de la fiscal de la Nación a la Comisión de Justicia, que la citó hasta dos veces para escuchar su versión sobre el escándalo. La moción es una reacción al desplante. Pero fuera del lenguaje de los gestos, el desplante ha ido de la mano de un silencio inexplicable frente a una crisis que se despliega en más de una dirección. Nombrar los reemplazos, algo que logró hacerse más de una semana después del destape, no es lo único que hacía falta. Situaciones como esta solo se superan con un plan claro diseñado para poner las cosas en orden. Ese plan aún hoy brilla por su ausencia. Y su lugar lo ocupa una narrativa que se limita a repetir lo evidente: Que congresistas como Merino o Alarcón ganan si la fiscal de la Nación pierde. Eso ya lo sabemos. Precisamente por eso era tan mala idea generar las condiciones que dan ocasión para algo semejante a una derrota, aunque sea transitoria.

La cuestión puesta sobre la mesa compromete la forma de gobierno y el liderazgo del Ministerio Público. Hasta hace muy poco las fiscalías estuvieron enfrascadas en defenderse a sí mismas en medio de las disputas que provocó el caso del fiscal Chávarry. La fiscal de la Nación ganó legitimidad en esa pelea. Pero hoy el señor Chávarry esta fuera de la entidad. A partir de su salida, los tiempos en el Ministerio Público deberían comenzar a cambiar. Los factores que pueden aumentar o reducir la legitimidad de quien está a cargo ya no pueden depender solo de la defensa de la institución. Ahora deben definirse en atención a ideas claras sobre la gobernanza de las fiscalías y la obtención de resultados medibles en áreas tan complejas como la corrupción, el narcotráfico, la trata de personas, la defensa del ambiente y la protección a mujeres víctimas de violencia, por citar algunas. Se trata también de tener capacidad para contener a tiempo crisis internas como la que se desató hace unos meses por la cuestión sobre las competencias para investigar a Vizcarra. Y se trata de prevenir y evitar que se produzcan reyertas innecesarias como la que ha dibujado el marco que dio origen a la salida de las fiscales Castro y Sánchez.

Esta crisis ha puesto en evidencia vacíos que es urgente comenzar a resolver. Cambiar la línea del discurso, pero además ajustar la concepción desde la que se están gobernando las fiscalías resulta impostergable.


Publicado en La República el 7 de marzo de 2021


lunes, 22 de febrero de 2021

Después de Chávarry



En julio de 2018 las primeras evidencias que se hicieron públicas sobre la red de magistrados denominada “Los cuellos blancos” incluyeron conversaciones que indicaban que César Hinostroza, para entonces juez de la Corte Suprema, se había aproximado a Chávarry ofreciendo ayudarle a manejar su imagen en medios con ocasión de su postulación como fiscal de la Nación.

Varios observadores veían la posible elección de Chávarry con desconfianza, a raíz del papel que se le atribuyó en los años 90, en el periodo de Blanca Nélida Colán, antecedente que le costó el puesto en el 2002. Hacia el verano de 2018 se voceaba que Pablo Sánchez, fiscal de la Nación en funciones, postularía a la reelección.

Gonzalo Chávarry quería el puesto y apoyaba su candidatura en una tradición generalmente respaldada por la Junta de Fiscales Supremos: entregar el cargo al más antiguo de sus miembros. La elección de Carlos Ramos, en 2014, había pasado por alto esa costumbre, pero la crisis derivada de esa elección fue de tal envergadura que la regla estaba, al 2018, “grabada en piedra”. Sánchez era algo más antiguo que Chávarry, de modo que si postulaba, se quedaba con el cargo.

Hinostroza parece haber aprovechado la tensión de ese momento para construir un puente que haría que Walter Ríos, el principal protagonista del caso “Cuellos blancos” llegara a afirmar que, con Chávarry en el cargo, la red tomaba el control de las fiscalías. La historia de la pendiente que sigue a su elección, que incluye su renuncia, su suspensión como magistrado y ahora su destitución, es ya conocida.

Más allá de los personajes, la historia del caso Chávarry muestra las enormes disfunciones que pueden generarse cuando una entidad que debe gestionar un recurso tan escaso como la persecución del delito se gobierna por una regla tan poco sostenible como la antigüedad. La antigüedad de un magistrado puede decir mucho sobre su autoridad en cuestiones legales, pero no dice nada sobre el modo en que puede gobernar una entidad pública.

La antigüedad, de hecho, no tiene anclaje en ninguna regla vigente para encargar un gobierno. No se usa para las presidencias de los poderes públicos; no se usa en ninguna magistratura y no se usa en entidades autónomas como el Banco Central de Reserva o la Defensoría del Pueblo. La antigüedad, de hecho, suele emplearse para conformar órgano consultivos, no para conformar órganos de gobierno.

La Junta de Fiscales Supremos se refugió en la antigüedad después del fracaso de la designación de Ramos Heredia. Pero ese incidente no valida la regla de antigüedad. Solo deja en evidencia que el simple juego de correlaciones y votos en una asamblea tan pequeña como la Junta de Fiscales Supremos no genera por si sola ninguna regla segura de elección.

“Con el caso Chávarry la antigüedad deja en evidencia su insuficiencia como criterio para entregar a alguien en particular el gobierno de una entidad tan sensible como la que reúne las fiscalías”.
Tal vez si adoptáramos la costumbre, que no es obligatoria como en el caso de la Defensoría del Pueblo, de solicitar que la fiscal de la Nación presente un informe de resultados al Congreso o a la comunidad una vez al año podamos estimular el desarrollo de elecciones internas basadas en planes de gestión y políticas explicitas.

Probablemente un esquema de ese tipo alentará además reformas que modifiquen la estructura y la forma de gobierno de una organización que, 40 años después de creada, necesita ya un nuevo impulso para renovarse.

Estamos en tiempos que exigen volver a pensar en la forma en que se organizan nuestras autoridades. La Fiscalía de la Nación no puede ser una excepción.

Publicado en La República el 7 de febrero.

domingo, 21 de febrero de 2021

Tráfico de dosis y red de influencias

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Ni siquiera los números parecen estables. Al cierre de estas notas, son 479 personas identificadas, más de 200 que ni siquiera estaban vinculadas a los ensayos, las que recibieron dosis en prueba o ya autorizadas en estos últimos 6 meses.

En total, 1,200 unidades internadas al país a solicitud de la embajada China, no sabemos para qué. Otras 2.000 destinadas al tráfico interno.


Hasta hoy son 122 funcionarios por investigar; 8 negociadores, dos ministras y un expresidente que violaron de manera grosera las reglas sobre imparcialidad al intervenir o no detener el tráfico de estas dosis.


Pero ¿quién o quiénes decidieron que estas unidades ingresen al país? ¿Por qué 3,200? ¿Quién o cuántas personas eligieron a los beneficiarios no vinculados a las pruebas clínicas? Los estudiantes, los padres de quienes hicieron este reparto, sus hijos e hijas y las parejas que dependan de ellos, no todas, podrán alegar que confiaron en quien les dijo que podían vacunarse.


Algunos investigadores podrán alegar que confiaron en esa cláusula del protocolo que, aunque en violación de la imparcialidad científica, les permitía vacunarse. El trabajo de la fiscalía, más que extender la lista ciegamente, consistirá en encontrar a los responsables del internamiento de estos compuestos; identificar a quienes calcularon cuántas unidades necesitarían y a quienes organizaron el reparto de estas dosis.


Aquí se tejió una red. No se trata exactamente de una organización criminal, porque no parece tener la vocación de permanencia que caracterizó por ejemplo al “grupo Orellana”, entre otros tantos. Las redes son algo distinto a las organizaciones criminales, pero existen.


Reconstruirlas permite entender el modo en que se organizan los procesos de este tipo, aunque este que parece haberse interrumpido cuando aún quedaban las 861 unidades que ha encontrado la fiscalía estos días; aparentemente el saldo del lote de 2,000 y de las 400 unidades de respaldo que no se emplearon en las pruebas clínicas.


Las tesis sobre conspiraciones casi nunca aciertan, pero los crímenes de tráfico responden casi siempre a una conspiración. Lo que no sabemos es si la red de influencias que se tejió o se estaba tejiendo llegó a utilizarse efectivamente en algún momento, ¿este tráfico fue parte de las condiciones que determinaron que los primeros ensayos aprobados sean los de Sinopharm? ¿Quienes iban a recibir estas dosis retrasaron de alguna manera las negociaciones con otros laboratorios?

Sabemos que la red fue tejida. Sabemos que se le quiso encubrir mezclando autoridades y personas elegidas por ellas con investigadores, enfermeras, estudiantes, asistentes y voluntarios usados como pretexto o como factor de encubrimiento del tráfico. Lo que no sabemos es si la red fue usada alguna vez para algún fin en particular. Al menos no lo sabemos todavía.


Despejar estas dudas requerirá de las autoridades un plan de aproximación al gobierno chino y requerirá además una oferta abierta de clemencia a las personas que recibieron las vacunas; a Sinopharm y a sus representantes. Solo en base a estas aproximaciones las autoridades podrán obtener a una velocidad razonable los testimonios, los documentos y las demás evidencias que necesitan para completar esta historia.


Los procesos por delación y colaboración con la justicia siempre generan escenarios difíciles de manejar. Son procesos incómodos. Pero es imposible dejar de usarlos ante casos plagados de incógnitas como estos.


Esta es aún una historia incompleta. Tendrá culpables, arrepentidos e inocentes. Pondrá a prueba nuestra capacidad para ensamblarnos en pleno desmoronamiento de nuestra confianza en las autoridades.


Pero porque queremos recuperar la confianza, tendremos que intentarlo.


Publicado en La República el 21 de febrero de 2021


domingo, 24 de enero de 2021

Ustedes no nos representan



Los bicentenario. Un colectivo que no delimita su existencia por proclamas de panfleto reivindica sin embargo la muerte de dos manifestantes desarmados, Inti y Bryan, usando grafitis, murales y altares. Estos homenajes no se organizan sobre un texto que busque hegemonía, sino sobre el rostro de las víctimas a las que se recuerda, por las que se demanda justicia. Se organiza en el ejercicio de un duelo compartido que permite sentir la ausencia de los que fueron arrancados violentamente de la calle. La expresión urbana convierte el duelo en un proceso vivo, fundacional. Dos ausencias que confrontan la inhabilidad del Gobierno, que se constituyó sobre el peso de esas ausencias, para hacer algo tan sencillo como reconocer la evidente responsabilidad del Estado en ambas muertes y reparar a quienes recibieron disparos, sin someterles a lo que representa esperar debates judiciales que aún resultan lejanos en el tiempo. Dos ausencias que nos impiden olvidar que tuvimos delante un plan autoritario que fue tan absurdo como puede ser absurdo intentar ponerse de pie tirándose desde el suelo por los cabellos. 

Los grafitis, los murales y al menos uno de los altares han sido atacados más de una vez. La provocación intenta, sin éxito, producir una resaca, una respuesta violenta que de alguna manera iguale al colectivo agredido con el colectivo agresor. La violencia perfecta necesita siempre igualar a quien elige como víctima, retarle hasta convertirle en bestia. No admite que la víctima se mantenga al margen de la agresión que le impone. Pero quienes salieron a las calles en noviembre no se han impregnado de esa violencia que por además les resulta ajena. No han salido a cazar retaliaciones. Los movilizados de noviembre restauraron los altares, volvieron a pintar los murales, han vuelto al grafiti y a las calles a demandar justicia para los caídos y para quienes fueron heridos o heridas en las manifestaciones. 

El lenguaje más bien actual que verbal que explotó en noviembre no ha generado un “anti” que confirme y alimente el mensaje ensayado a gritos por los agresores. No le ha concedido espacio para ensamblar una perversa danza binaria de legitimaciones mutuamente agresivas. La narrativa de quienes se movilizaron en noviembre ha ignorado el mensaje del atacante y se ha alojado en la reconstitución de su recuerdo fundacional; la épica de la protesta. El recuerdo se mantiene aquí intacto en su función de ser recuerdo. Las agresiones del negacionismo se registran como lo que son, ataques que han sido repetidos, pero no serán replicados por un colectivo que encuentra su propio sentido en ser encuentro.  

No deja de llamar mi atención que una sociedad que ha renunciado o ha olvidado cómo ser verbal, como usar el lenguaje como espacio de encuentro, se tope de pronto con un impulso colectivo que muestra tal vocación de ser en el gesto. Noviembre nos ha dejado una expresión de lo que representa decir “no” sin reclamar protagonismos personales. 

El gesto convertido en expresión importa. Pero también importa notar que toda esa inteligencia emocional agregada debe enfrentarse ahora a un proceso electoral que ha sido escrito en otros códigos de referencia. No quiero faltar el respeto a nadie, pero en estas elecciones no tenemos ante nosotros una sola expresión política que corresponda a lo que hemos visto en noviembre. Desencaje casual sin duda. Y es que a veces los relojes no coinciden. Entonces el azar nos impone el desafío de elegir entre discursos que ahora resultan, en mucho, anacrónicos, alejados del tiempo presente 

¿Podrá alguna de las candidaturas ofrecer a los electores una opción que supere el reto expresado en la consigna que convocó las movilizaciones de noviembre?: “Ustedes no nos representan”.

Publicado en La República el 24 de enero de 2021.

domingo, 10 de enero de 2021

Encubrimiento y omisión en el 14/11



La recuperación de la carretera en Trujillo ocasionó tres muertes. La represión a las movilizaciones ciudadanas de noviembre en Lima dos. Las investigaciones iniciadas por la muerte de Jorge Muñoz, el 3 de diciembre en Chao, víctima de un disparo de pistola, han permitido identificar un probable autor del disparo, el suboficial Hoyos Agip. Una fotografía tomada por Iván Orbegozo ha permitido hacer lo propio en el caso de las dos muertes del día 30, atribuidas al suboficial Bueno Alva. En ambos casos los hechos revelan el uso de pistolas fáciles de identificar que fueron expresamente prohibidas por la propia Policía antes de la recuperación de la carretera. Había entonces órdenes que no fueron obedecidas. Así las cosas en ambos casos parecen mostrar eventos de responsabilidad individual; dos agentes de la Policía sin conexión entre sí emplean armas prohibidas y disparan sobre personas a las que no había por qué matar.

Al otro lado, las investigaciones sobre la represión de las protestas de noviembre en Lima parecen enfrentar riesgos distintos. Más allá de la buena disposición que muestra la Fiscalía, Ronald Gamarra, que defiende a los deudos de una de las víctimas, ha denunciado públicamente el riesgo de que las investigaciones se empantanen. Los sucesos de Lima no corresponden, como los de Trujillo, al comportamiento individual de agentes que pierden el control y disparan sus armas. Las evidencias halladas en los cuerpos de los manifestantes revelan el uso de municiones de plomo y vidrio en un contexto en el que no ha habido nada semejante a una lluvia de piedras empleada como ataque. Y el evento fue televisado y registrado en video por suficiente tiempo para hacer obligatorio a los mandos interrumpir la represión, evitar que ocurra lo que estaba pasando ante nuestros ojos.

A pesar de las evidencias, la Policía se empeña en negar el uso de las municiones halladas. Y en el relato de Ronald se aprecia una Fiscalía que, con la mejor intención, parece buscar las evidencias de un caso perfecto en los archivos en los que esas evidencias no están o quizá jamás estuvieron. Eso como tratar de saber qué había dentro de las cajas que los subordinados del fiscal Chávarry retiraron de las ofi cinas lacradas por el fiscal Pérez en enero de 2019. Enorme esfuerzo inútil.

Las municiones de plomo y vidrio existen; los videos muestran un ataque frontal de la Policía a los manifestantes; los testimonios recogidos permiten reconstruir las circunstancias en que se perpetraron los disparos y el intento de secuestrar los restos de las municiones extraídas de los cuerpos de los manifestantes. Parece imposible identificar de qué escopeta salió qué proyectil; dónde se almacenaban esas municiones antes de los hechos, quién autorizó que se les emplee y porqué. Se trata de elementos que ni siquiera estaban registrados en los arsenales formales de la Policía. Pero fueron usados. Las evidencias de su presencia están ahí, el intento por eliminarlas también, la omisión perpetrada al no detener el operativo está y no existe una teoría que explique su presencia distinta a la de una decisión de respaldar los hechos y encubrir a los autores directos.

Enorme paradoja. La negación intenta dejar las cosas en la bruma. Pero la negación es precisamente la evidencia que permite, haciendo la diferencia con los sucesos de Trujillo, organizar un caso sobre la responsabilidad de los superiores a cargo del operativo sin necesidad de identificar a los perpetradores directos de los crímenes cometidos.

A veces el caso perfecto no es el que completa todos los requisitos del manual. A veces el caso perfecto es el posible, el que logra presentarse ante los tribunales a tiempo para dejarnos sentir que la justicia aún puede alcanzarse.

Publicado en La Repíublica el 10 de enero de 2021.

jueves, 24 de diciembre de 2020

Las barricadas



La pregunta por resolver ha sido formulada sobre las tomas de carreteras. La cuestión es si pueden o no ser reconocidas como una manifestación del derecho a la protesta, establecido por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Al otro extremo la pregunta supone establecer si las tomas de carreteras, las que hemos visto desplegarse en la Panamericana Sur y la Norte en diciembre, deben ser consideradas y sancionadas como un delito o no, considerando que el Código Penal, en términos literales, sanciona la obstrucción de toda vía pública sin más diferencias. 

 Tal vez la complejidad de la pregunta provenga de un error en su formulación. Tomar una carretera puede ser algo semejante a tomar una vía de alto tránsito, en tanto implique concentrarse en ella o desplazarse por ella. Tal vez las cosas sean más claras si nos concentramos en algo que los sucesos de diciembre incorporaron y no tuvieron los de noviembre: la construcción de barricadas. 

 Por mi parte no encuentro que los colectivos tengan derecho a instalar barricadas en las carreteras. Reconocer un tipo de actividad como ejercicio de un derecho importa establecer el deber de las entidades del Estado de proteger su desenvolvimiento. Creo que los manifestantes que se reúnen a protestar en una plaza pública y se concentran o desplazan por calles adyacentes o incluso por las carreteras deben ser protegidos por las autoridades. Pero no encuentro manera de pretender que se proteja barricadas o se impida a la policía desmontarlas si puede intervenir en ellas a tiempo y con el mínimo de violencia física posible. Por eso no encuentro que tenga sentido tratar las tomas de carreteras, por sí mismas, como delitos. Las tomas de carreteras o de vías públicas son el punto de explosión de procesos de marginación institucional sostenidos por demasiado tiempo con el aval del Estado. Entonces las responsabilidades por el origen del evento deben reconocerse como compartidas. A partir de este reconocimiento, el discurso de la criminalización debería ser excluido del debate. O instalado en el uso de dispositivos prohibidos. Porque está más que claro que el derecho a la protesta no incluye el uso de armas, el ataque a la propiedad privada o pública y tampoco la instalación de barricadas. 

 Las protestas necesitan protocolos que incluyan límites. Remoción de las barricadas en un plazo determinado cuando la policía llega tarde y no pueda desmontarlas sin violencia; espacios de circulación de ambulancias y de protección para personas vulnerables; treguas para desentrampar la circulación por la vía; protocolos para que los manifestantes mismos reconozcan en su verdadero significado y eviten desbordes vandálicos; mesas de negociación que hagan visibles a los dirigentes de la protesta cuando ello sea posible; procedimientos de generación de representaciones espontáneas allí donde nos las haya establecidas; reflejos inteligentes y símbolos de respeto y reconocimiento. En fin, un lenguaje nuevo de relación que reconozca que la política ha salido de los pasillos del Congreso para instalarse en el mapa de conflictos sociales que ensamblan la Defensoría del Pueblo y la PCM. 

 La quema de una ambulancia en la Panamericana Sur, absurda e innecesaria, justifica notar que las protestas sobre carreteras, por definición, pueden incluir niveles mayores de riesgo que las protestas urbanas. Pero por eso es imprescindible impregnar de responsabilidad las manifestaciones. No es posible exigir el cumplimiento de deberes a quienes no reconocemos al mismo tiempo como sujetos de derechos. 

 Quienes han sido marginados por demasiado tiempo se impregnan también de la exclusión a la que los redujimos. Por eso el proceso será largo. Sin embargo solo puede ser completado si decidimos iniciarlo.

Publicado en La República el 27 de diciembre de 2020.