lunes, 26 de agosto de 2019

Las curvas de tolerancia

NO TOMAR LAS PROHIBICIONES BÁSICAS DE UNA SOCIEDAD EN SERIO REPRESENTA TANTO COMO NO ABORDAR SERIAMENTE LOS DERECHOS DE LAS PERSONAS. ES LO MISMO QUE NO RESPETARNOS.

Con el establecimiento de la República fueron abolidos los castigos impuestos sobre el cuerpo de los condenados, las flagelaciones y las mutilaciones practicadas en plazas públicas. Después de la Segunda Guerra Mundial un enorme movimiento que desembocó en la constitución de Amnistía Internacional ha convertido la tortura en un crimen reconocido por la ley. Otros movimientos en desarrollo promueven aun ahora la abolición de la pena de muerte. En paralelo el terrorismo ha sido reconocido como un crimen distinto a los atentados individuales y a los asesinatos que comenten sus adherentes; el lavado de activos ha tomado forma también como un delito autónomo y las empresas ‘offshore’ y el secreto bancario comienzan a ser mirados bajo sospecha. A principio de los años ochenta se reconoció entre nosotros, en términos prácticos, que el uso de la violencia cotidiana en la educación de los niños está prohibido y ahora se aplican sanciones por acoso a profesores universitarios y jefes de oficina por la imposición de estilos de relación sexista que antes se mantenían invisibles.

La línea de las prohibiciones efectivamente acatadas o sancionadas se mueve con el paso del tiempo. De pronto encontramos que lo que antes parecía usual o cotidiano se reconoce como prohibido y se castiga. Nuestra tolerancia a determinadas situaciones que en verdad son transgresoras se mueve atendiendo a procesos de toma de conciencia sobre el ser y el merecer ser respetadas y respetados. Y se mueve también atendiendo a necesidades de control y protección reconocidas por las autoridades públicas.

Prohibiciones y tolerancia se mueven también en función a la lenta, demasiado lenta entre nosotros, conversión de espacios no regulados en espacios institucionalizados. Estamos comenzando a reconocer que en el país se trafica con niñas y niños, pero todavía no reconocemos que está prohibido comprar predios invadidos por mafias que los ponen en el mercado paralelo, sin títulos formales. “Prohibido pagar sobornos” y “prohibido apoderarte de bienes del Estado” son reglas que no fueron aprendidas por completo en tiempos de la transición pos-90. Pero pueden serlo ahora. Comenzamos a reconocer además que falsos mecenas clandestinos han financiado nuestros partidos políticos, pero no todos han encontrado valor para contar sus historias personales en voz alta.

En estos procesos las curvas de tolerancia se mueven; tienden a estrecharse con el paso del tiempo reduciendo progresivamente los espacios de impunidad “natural”, “asumida como normal”, o desplazándolos a nuevos nichos de impunidad que luego habría que abordar también y desmontar. La magia estriba en que este proceso no crea nuevas prohibiciones. Simplemente activa o redefine algunas que ya existían, pero aceptamos pasar por alto; algunas entre aquellas cuya transgresión venimos aceptando con absoluta naturalidad.

La impunidad es solo un subproducto de nuestra enorme e inaceptable tendencia aprendida a tolerar infracciones con absoluta indiferencia.
¿Cuántas prohibiciones reconocidas como vigentes aceptamos transgredir sin exigir consecuencias prácticas? Deberíamos incorporar entre nuestros indicadores de desarrollo institucional una “tasa de tolerancia aprendida”, una TTA que exprese en un coeficiente la cantidad de abusos frente a los que simplemente somos incapaces de reaccionar. Un país debería poder ser reconocido como “institucionalmente sólido” si la TTA resulta baja. Y debería ser considerado “inelegible” para colectivos como el OCDE, si la tasa resulta alta.

No tomar las prohibiciones básicas de una sociedad en serio representa tanto como no abordar seriamente los derechos de las personas. Es lo mismo que no respetarnos. Y sin respeto compartido conformarse como comunidad se convierte en imposible.

Sin embargo, podemos mover las curvas de tolerancia por nuestra propia iniciativa. “Ni Una Menos” esta ahí, como están los equipos de fiscales anticorrupción y contra la trata de personas. Están también el periodismo de investigación, el movimiento de defensa de derechos humanos y la defensoría. Me gustaría enumerar más agencias de contención de impunidad, pero temo que no abundan. Sin embargo, las pocas agencias que tenemos nos han dado más de una muestra de las cosas que se pueden hacer para confirmar que no somos una comunidad totalmente fallida.

Necesitamos convertir la reducción de nuestra tasa de tolerancia aprendida (que por cierto habrá que medir) en una meta colectiva. Necesitamos ser conscientes de que suma en este proceso cada movimiento que reclame la vigencia de una prohibición, cada acción colectiva que reclame nuevas formas de protección efectiva a personas expuestas, cada demanda de nuevos espacios que hagan posible que la responsabilidad de los infractores sea reclamada y hecha efectiva ante todos, de manera visible.

No es este un momento en que podamos esperar que la construcción de la ciudadanía, condición básica para la conversión de un conjunto en un país, nos venga de algún lugar distinto a nuestros propios espacios de interacción e intercambio.

Se trata de convertir el respeto mutuo en fundamento de nuestra coexistencia.

Publicado en El Comercio, el 26 de agosto de 2019.

viernes, 5 de julio de 2019

Casación en el caso de Keiko Fujimori

En Canal N, el 10 de julio de 2019

En Ideele Radio, el 8 de julio de 2019

En RPP, el 5 de julio de 2019

En Canal N, el 5 de julio de 2019


miércoles, 26 de junio de 2019

miércoles, 29 de mayo de 2019

Caso Chávarry

Entrevista en Canal N, el 27 de noviembre de 2019

Entrevista en Canal N, el 22 de agosto de 2019

Entrevista en RPP, el 28 de mayo de 2019

Entrevista en No hay derecho, el 7 de junio de 2019

martes, 28 de mayo de 2019

Entrevista publicada en Peru 21, el 28 de mayo de 2019


"El Ejecutivo tiene un rol importante"


¿Qué opina de que Vizcarra sea el líder para dirigir estos cambios?
Importante su designación porque es una restitución al lenguaje original de la propuesta señalada por el presidente en su discurso de julio de 2018. Y tiene sentido porque estas reformas desarrollan políticas públicas y el Ejecutivo tiene un papel predominante en estas materias. Además, marca un punto de inflexión en una crisis planteada por el entrampamiento institucional del que no hemos salido, que se ha tragado la reforma política.

Habiendo otras entidades especializadas en justicia, como la Fiscalía y el Poder Judicial, ¿qué interpretación le podemos dar a que esta reforma esté a cargo del Ejecutivo?
Mantengamos la diferencia. Este es un espacio de discusión de políticas públicas y el eje principal es la definición de presupuestos operativos. Si bien el PJ y el MP tienen autonomías propias, el Ejecutivo tiene un rol muy importante que dar sobre estas políticas.

¿Se podría crear un conflicto como el que existe entre el Ejecutivo y el Legislativo?
No debería haber más choques. Se debería dar un salto hacia adelante. Esta es una segunda oportunidad para discutir políticas públicas necesarias en la justicia.

¿Qué temas deberían desarrollar en las reformas?
Se requiere otro tipo de debate en el que se considere la reestructuración de la Academia de la Magistratura, así como una academia autónoma e independiente para fiscales. Aumentar la vigilancia sobre jueces y fiscales también. Asimismo, se debe hacer una discusión seria sobre la forma de redefinir la relación entre la ciudadanía y la justicia. 

lunes, 22 de abril de 2019

El silencio del suicidio


LA MUERTE DEL EX PRESIDENTE ALAN GARCÍA

Los tribunales no siempre son los espacios apropiados para construir la memoria del pasado reciente. Para que ellos funcionen se requiere la presencia física de aquel o aquella persona a quien se acusa. Enorme limitación. Los tribunales no nos sirven cuando debemos cerrar de alguna manera la historia de alguien que decide suicidarse.

El que se quita la vida en medio de acusaciones, de pedidos de prisión, escapa a toda confrontación. Esto es innegable. 
El suicidio en casos que están marcados por el riesgo de un juicio, representa una fuga irreversible. Pero además, el que elige hacer esto impone el dolor de sus deudos como un muro, un obstáculo destinado a contener la rabia de quienes encontraban justo llevarle ante los tribunales. El suicidio condena a la familia del que escapa a convertirse en un objeto que impide discutir el sentido de la fuga en su exacta dimensión. Como si fueran un escaparate lanzado al piso en el tracto de la huida. Imposible discutir los fundamentos de un castigo que deviene en imposible con un hijo, una hija, un padre, una madre o una pareja que intentan organizar sus propios duelos.

Jamás debemos atacar a los que quedan en reemplazo de aquel que ha provocado su propia ausencia.

Y sin embargo aquel que decide suicidarse se impone un castigo. El peor castigo imaginable. Un castigo sin revisión posible; uno que nadie más habría podido imponerle. Uno que usualmente confirma que no se pedirá perdón por lo que pudiera haberse hecho. La propia muerte es la única vía de fuga que el sistema legal no es capaz de impedir ni sancionar.

Más allá de cualquier intento de mitificación, el suicidio de aquel que ha sido señalado como responsable de un crimen tiene un efecto práctico indiscutible. Quien opta por escapar de esta forma a una acusación renuncia a defenderse, renuncia a disputar la razón a quien le acusa, renuncia a arrepentirse y renuncia a toda forma de clemencia. Pero renuncia también a ser perdonado. El relativo silencio que impone aquel que de esta manera se fuga no confirma inocencia alguna. El que se quita la vida solo confirma con su decisión que, a final de cuentas, los cargos tuvieron consecuencias. Desproporcionadas por cierto, porque la muerte no mantiene ninguna proporción, pero llevadas a este absurdo por su propia decisión.

Dejarse asesinar es una cosa por completo distinta a suicidarse. Quitarse la vida en medio de un golpe de Estado o un combate, también. Dejarse encarcelar por años reivindicando el derecho irrenunciable a ser libre, incluso estando en prisión, es por supuesto algo enteramente distinto a un suicidio. Los suicidios en juicio no pueden ser asociados a martirologio alguno.

La semántica del suicidio en juicio, actualmente, está marcada inevitablemente por la escena organizada por el bosnio Slobodan Praljak en noviembre del 2017, en La Haya. A una proclama unilateral: “No soy un criminal de guerra”, siguió el veneno ante las cámaras. Después nada. Imposible réplica alguna ante quien entonces abandona la escena. La muerte autoprovocada en un juicio puede llegar a tener mucho de arrebato histriónico. Pero tiene más de negación y silencio impuesto a una comunidad entera que entonces, queda en claro, se desprecia.

El suicidio del acusado cierra toda alternativa a discutir equilibradamente la proclama que antes de quitarse la vida lanza quien sin saberlo se castiga.

¿Elimina las sospechas el que después de lanzar una proclama cancela toda opción de debate equilibrado? No lo creo, no en absoluto.

No pretendo lanzar comparaciones que puedan parecer ofensivas, pero antes de la escena ensamblada por Prajlak en La Haya había quedado registrado el suicidio del ex presidente Roh Moo-hyun en el 2009, en Corea del Sur. Moo-hyun alcanzó a pedir perdón. Aceptó que recibió el dinero que se denunció como un soborno. Pero nunca aceptó claramente ser responsable de un crimen. Cercado por la recepción de estos fondos y por los cargos presentados contra su hermano, también por soborno, se quitó la vida.

Antes de él solo aparece en los registros el suicidio de Emil Haussmann, agente de los escuadrones de la muerte del gobierno alemán, quien se quitó la vida en 1947, dos días después de ser acusado por crímenes de lesa humanidad. Además están los suicidios de Görig, Blaskowitz, Böhme y Hess, todos agentes del gobierno alemán de la segunda guerra, condenados por genocidio.

No encuentro ningún personaje semejante a Mandela o a Wu Gan escapando de esta manera.

El suicidio no aparece en el lenguaje de las personas que se sienten inocentes.

García, imponiéndose el mayor de los castigos, ha puesto punto final a esta historia. Hay aún mucho por descubrir. Pero se descubrirá discutiendo la responsabilidad de los otros. No la de García.

Ahora nos toca continuar.

Publicado en El Comercio, el 21 de abril de 2019 

lunes, 25 de marzo de 2019

Mirando el tiempo futuro


EL ACUERDO CON ODEBRECHT

ES LA JUSTICIA LA QUE DEBE HACERSE CARGO DE ASUNTOS DEL PASADO. ALA POLÍTICA LE TOCA EL TIEMPO FUTURO.

La semana anterior estuvo impregnada por un debate de dos días desarrollado en el Congreso sobre el tercero de los acuerdos firmados por el Estado con Odebrecht. Mirando ese debate en retrospectiva es preciso notar la ausencia de comentarios de fondo sobre el sentido y el destino final de esta historia. Hemos presenciado una discusión en la que no se ha echado una mínima mirada, ni por asomo, al futuro de las cosas, que es el terreno en que se definen las políticas públicas, el terreno en que se toman decisiones constructivas y se ensamblan metas, alianzas y acuerdos. Sobre esto, sobre la forma de describir el presente para obtener y crear equilibrios al menos transitorios, hemos escuchado en estos días muy poco o simplemente nada.

El Congreso se ha limitado a discutir si el Ejecutivo (procuraduría incluida) “lo hizo bien” en el tercer acuerdo (no en el primero, no en el segundo). Encerrado en este cuadrante, el Congreso convirtió una cuestión sobre políticas públicas en un remedo de discusión legal sobre responsabilidades derivadas de eventos ya ocurridos. Y de eventos que, además, tienen un significado que se ha mantenido en absoluta penumbra.

La escena, entonces, se perfila como una muestra palmaria de la enorme fuerza absorbente que ha adquirido entre nosotros el lenguaje que se escribe en tiempo pasado. El 2018 comenzó con el debate sobre el indulto ya anulado que Kuczynski entregó a Fujimori, pasó por la destitución del propio Kuczynski, el retiro de Kenji Fujimori del Congreso y la detención de Keiko y cerró con la crisis del Judicial y el referéndum. En un entorno político vaciado de contenido propio, el lenguaje de las responsabilidades ha instalado entre nosotros una suerte de agujero negro que se lleva cualquier oportunidad de iniciar una discusión mínimamente constructiva. Estamos entrampados en la cuestión sobre los culpables; inhabilitados por nosotros mismos para crear escenas conjuntas en que podamos organizar algo distinto a un linchamiento. Hemos perdido la brújula que nos permite organizar acciones conjuntas mirando hacia adelante.

Es la justicia la que debe hacerse cargo de asuntos del pasado. A la política le toca el tiempo futuro. Pero el tiempo futuro está ausente de nuestro horizonte verbal.

La política es evanescente cuando se ancla en el lenguaje de los culpables. Pierde todo contenido práctico. Y ahí es exactamente donde estamos entrampados.

Si cambiamos el eje de referencia, la cuestión a resolver sobre los acuerdos firmados con Odebrecht es cómo pasamos de los aproximadamente S/ 1.000 millones que la procuraduría ha comprometido o está embargando (separados los impuestos) a los S/1.200 millones por daños que, hasta ahora, ha estimado la contraloría deben ser cobrados en reparaciones. Por supuesto, deben revisarse las bases del tercer acuerdo. Pero eso le toca ahora al Judicial. El Judicial deberá establecer por ejemplo si los cálculos hechos con ocasión de la venta de la hidroeléctrica de Chaglla (de ahí vienen los fondos del tercer acuerdo) han sido correctos. Será además el Judicial el que confirme que el tercer acuerdo no contiene candado alguno que impida al Estado firmar un cuarto, un quinto o un sexto acuerdo sobre otros proyectos destinados a elevar el monto de las reparaciones (los números de la contraloría son, además, provisionales). Toca a la fiscalía afinar las evidencias de los siguientes casos (Odebrecht va aceptando ser responsable en 5 de 23 casos posibles, considerando Chacas). Toca al Ejecutivo bloquear toda reclamación posible de Odebrecht por vía arbitral para evitar que las reparaciones que está obteniendo se reduzcan por estratagemas indirectas.

Pero más importante aún: toca al Ejecutivo afinar los planes necesarios para reactivar la venta de los otros dos grandes proyectos de los que Odebrecht debe salir: Olmos y Chavimochic. La más importante fuente de fondos para alcanzar la meta de S/1.200 millones en reparaciones es la venta de esos proyectos, anunciada desde finales del 2016 pero congelada durante todo este tiempo.


En términos de políticas públicas la meta en ese caso es el incremento de las cifras de la reparación. Esta meta se alcanza en la combinación de un proceso intenso de obtención de nuevas evidencias asociadas a los casos pendientes y una acción pública específicamente dirigida a cambiar al controlador de la explotación de dos megaproyectos que aún están en manos de Odebrecht.

La discusión sobre los hechos del pasado no debe detenerse. Pero le toca a los tribunales de justicia. La discusión que conforma la política en sentido propio es la que involucra la organización del futuro por construir. El futuro práctico, no el soñado o fantaseado, se construye en presente progresivo, día a día, en el desarrollo de actividades dirigidas a metas concretas, susceptibles de ser medidas. 

Afinemos entonces nuestra mirada. Necesitamos nuevos ejes de referencia de una vez por todas.


Publicado en El Comercio el 25 de marzo de 2019