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domingo, 19 de febrero de 2023

La identidad antiderechos

Llamar insistentemente “terrorismo” a la protesta como un todo y restar importancia a las más de 50 muertes innecesarias provocadas en este periodo son dos giros que se están haciendo habituales. A ellos se ha unido en los últimos días la promoción de una amnistía pensada para proteger de la justicia a las autoridades involucradas con las muertes de la violencia. Tres componentes de una nueva forma de conservadurismo que ahora resuena por encima de otras varias opciones conservadoras.

La amnistía como opción es una propuesta de corto alcance. El derecho internacional de los derechos humanos prohíbe usar amnistías en casos como los de las muertes de diciembre y enero. En nuestra historia reciente, de hecho, ya se han caído una amnistía, una ley sobre prescripción, una gracia y un indulto. Quienes promueven la amnistía lo saben. Saben que al final del día perderán cuanto juicio internacional se haga en contra de la medida que promueven. Saben que están estafando a sus beneficiarios teóricos.

Pero insisten, porque al hacerlo trazan un lazo de interés subjetivo que refuerza la represión de las protestas. La propuesta es un incentivo simbólico a la represión. Refuerza una identidad específica construida en términos negativos: la identidad antiderechos que la transición del 2000 no pudo remover.

La transición del 2000; la que comenzó con Valentín Paniagua. Imposible olvidar que el consenso del 2000 no logró resolver la memoria sobre las matanzas de los 80 y 90, aunque bloqueó varias medidas de impunidad de esos tiempos. El consenso del 2000 tenía además un componente antiterrorista. E incluía un set de cláusulas económicas duras, entre ellas la forma actual de las economías extractivas.

El consenso del 2000 contenía también las cláusulas sobre consulta previa y los mecanismos que la relativizaron hasta dar lugar a las masacres de Bagua. Límites entonces los tuvo. Pero lo que importa es que como conjunto de referencia ya se ha agotado. El consenso del 2000 no se ha convertido en otra cosa y no ha sido reemplazado por otro.

El momento actual, en el que aparece esta nueva propuesta de amnistía, no tiene nuevos puntos de referencia. No tiene forma definida. Nuestra vida política es, en medio de ese vacío, un hervidero de disputas apocalípticas en agresiva y violenta ebullición. Todas las discusiones que estamos teniendo ahora están planteadas en términos binarios; en función de pares organizados por esquemas del tipo “bueno/malo”; “pro/anti”; “nuestro/ajeno”. Son esquemas diseñados para reforzar identidades negativas que nos alejan sin puntos intermedios de espacios de encuentro.

En este contexto, la amnistía parece pensada para reforzar la distancia que se ha impuesto en estos tiempos entre quienes ahora defendemos las protestas, todas o algunas (jamás los actos vandálicos que la penetran), y quienes defienden la represión indiscriminada impulsada por el Gobierno de Boluarte, que intenta convertir la violencia del Estado en una especie de respirador artificial.

En esa amalgama de tendencias binarias, el conservadurismo “proamnistía” se refuerza con otro que parece intentar negar que el consenso del 2000 se haya agotado e intenta defender sus fundamentos o los privilegios que generó incluso con las armas del Estado. Los conservadurismos por negación tienen siempre corto alcance. Pero eso no les niega un considerable potencial erosivo. La amnistía, si llega a prosperar, se caerá más temprano que tarde. Y las condiciones de un nuevo consenso institucional llegarán a discutirse, en un formato o en otro. 

Pero mientras tanto los negacionismos nos seguirán separando. Lo harán hasta que seamos capaces de establecer varios “nosotros” que nos incluyan sin agresiones.



jueves, 20 de diciembre de 2012

Entrevista con Enrique Pasquel sobre la propuesta de ley en torno al delito de Negacionismo



Comparto aquí una entrevista con el Dr. Enrique Pasquel de El Comercio, en la que expongo mi punto de vista sobre lo poco que aporta la propuesta de ley de negacionismo que se ha venido debatiendo en los últimos días.

lunes, 13 de febrero de 2012

El caso Feria Tinta



El caso Feria Tinta
César Azabache Caracciolo

Al incidente derivado del intento de inscripción del Movadef de Sendero como partido político ha seguido el anuncio de un nuevo caso, el Feria Tinta, promovido por la CIDH contra el país ante la Corte Interamericana. De hecho, ambos casos, Movadef y Feria Tinta, se ubican en una línea de tiempo que se inicia con los hábeas corpus por medio de los cuales Sendero intentó excarcelar a sus militantes apenas instalada la transición de finales del año 2000. Para entonces, a través de una serie de demandas, todas rechazadas por el Tribunal en este periodo, el senderismo intentó, sin éxito, “colarse” en la agenda de la transición en base a un discurso bastante cínico sobre la legalidad constitucional. En la misma línea de tiempo se encuentran dos casos (Penal Miguel Castro Castro, sobre el debelamiento de un motín senderista en 1992 y Gómez Paquiyauri, sobre dos desapariciones forzadas del 91), que la propia Feria Tinta, ahora una abogada especializada en derechos humanos, ganó al Perú ante la Corte Interamericana entre  julio del 2004 y agosto del 2008. También forma parte de esta línea de tiempo su propio proceso de extradición, que perdimos silenciosamente en Alemania en setiembre del 2008. Ahora la propia Feria Tinta, requerida por el Perú por cargos por pertenencia al senderismo desde 1993, asilada en Inglaterra desde entonces, promueve su propia historia como caso ante la Corte. Y si gana, seguramente será la promotora de un probable nuevo caso, el Movadef, ante la CIDH, por la supuesta denegación de los derechos de sus militantes a participar en política.

La acumulación de ambos casos, el de Feria Tinta y el Movadef nos revela entonces una plataforma posible que anunciaría de manera definitiva un recambio en la posición de los principales cuadros conductores del senderismo. Y nos revelaría además un nuevo eje de actuación, esta vez internacional, por medio del cual el senderismo podría intentar volver a articularse, dejando la escena nacional a un grupo de jóvenes mal informados y manipulables que sin duda apostarán a ser perseguidos y se inmolarán para justificar una plataforma global de auto victimización que intentará mostrarnos como un país poco confiable, institucionalmente hablando.

            Hay que decir que, si esta es la estrategia, entonces el senderismo está contando con nuestra aprendida e irrefrenable torpeza legal. Está contando con que repetiremos el error de los noventa y anunciaremos otra vez el inútil abandono del sistema interamericano de derechos humanos. Está contando con que despreciaremos nuevamente a la Corte. Está contando que no sabemos cómo ganar ninguno de los casos con que la CIDH se prepara para emboscarnos. Y está contando con que cometeremos tantos errores legales internos que desde fuera se volverá sencillo dejarnos en ridículo.

He oído decir que el senderismo estuvo activo en la recolección de firmas que condujo a la Sentencia del Tribunal Constitucional del 3 de enero del 2003, contra la legislación antiterrorista del 92. Debo decir que aunque esto fuera cierto, el desenlace de los hechos mostró entonces como una sólida reacción legal puede impedir a Sendero ganar las partidas que intenta. El Constitucional ordenó entonces la anulación de los procedimientos militares para estos casos. Pero confirmó al mismo la necesidad de mantener en prisión a todos los condenados mientras se revisaban y rehacían las leyes y los procedimientos que debían aplicarse. El proceso que siguió a la Sentencia de enero del 2003 desembocó en 4 decretos legislativos, los número 922, 923, 925 y 926 que sirvieron de plataforma para el segundo juicio contra Guzmán y el resto de la dirigencia. El juicio concluyó en octubre de 2006 con una nueva condena a prisión perpetua ratificada por la Corte Suprema en enero de 2008. La solidez de esa segunda condena ha cerrado el paso a cualquier ofensiva internacional relacionada con la liberación de Guzmán. Entonces el resultado del proceso ahogó por completo las expectativas originales que pudiera haber depositado el senderismo en la demanda. Y esto no debe ser olvidado, porque significa que el senderismo, aunque adopte ese rostro de cínica legalidad que ahora posee, puede, sin duda, ser derrotado, como merece ser derrotado todo enfoque intolerante, extremista y violento. 


jueves, 18 de noviembre de 2004

¿Cómo acusar a Guzmán?



¿Cómo acusar a Guzmán?
César Azabache Caracciolo

La anulación del primer juicio contra Guzmán abre una oportunidad que no se puede desaprovechar. El país reclama una acusación que corresponda a lo que todos sentimos que representa el terrorismo. Y está claro que esa nueva acusación no puede tener la dimensión que tuvo la presentada por el caso César Vallejo.
El caso que acaba de concluir no representaba lo que todos esperamos como “la” acusación del Estado contra Guzmán. Un caso como ese no es adecuado para iniciar el debate moral que necesitamos sobre la responsabilidad del terrorismo. Desde el punto de vista legal, dudo además un juicio de ese tipo hubiera podido justificar el debate sobre la cadena perpetua para Guzmán. En estas condiciones ¿qué hubiera pasado si el juicio hubiera continuado hasta el final? El tribunal habría tenido que considerar probado que Guzmán es jefe del senderismo, y luego condenarlo por organizar un grupo de financiamiento. Difícil de entender, ciertamente. Probar un hecho gravísimo para terminar responsabilizando al acusado por un crimen relativamente menor. Si se hubiera puesto cadena perpetua en esas condiciones la defensa alegaría que la condena no corresponde a los hechos. Y con eso tendrían a su favor un caso que exhibir ante la comunidad internacional. Claro, para evitar esto se le habría podido condenar a Guzmán a 30 años. Pero entonces todos sentiríamos que aquí estropeamos las cosas, porque Guzmán habría comenzado este proceso con cadena perpetua y saldría de la audiencia con una pena simbólicamente menor. Y todavía la defensa podría abrir un debate legal bastante complicado: Podría pretender que concluido el primer proceso, ya no se puede acusar a Guzmán como jefe del senderismo, porque eso ya fue materia de debate. Y habría tenido importantes (no definitivas, pero importantes) razones legales en que apoyarse.
Hay que tener esto presente al momento de replantear las cosas. Y quien tiene la palabra no es, dicho con todo respeto, la Procuraduría ni la judicatura. Es la Fiscalía. La Fiscalía debe explicarnos cómo organizará la siguiente acusación. Debe explicarnos cuáles son los hechos que va a presentar y cuándo estará lista para llevar a Guzmán a juicio por un proceso que contenga en su gravedad la verdadera dimensión de los crímenes del terrorismo.
Abona a favor la fiscalía la enorme cantidad de información que ahora se tiene sobre el senderismo. Ya no puede haber errores al enumerar a sus principales dirigentes. Ya se sabe quién es quién. Hay varios expertos sobre estos asuntos que pueden ir al juicio como testigos técnicos. También pueden llamar a las víctimas como testigos.  No puede haber problemas probatorios. La Fiscalía puede probar que el senderismo incluyó entre sus procedimientos la extorsión y el asesinato. Puede probar que empleó de manera sistemática coches bombas y explosivos que produjeron daños a escala catastrófica. Puede probar crímenes concretos como Tarata y Lucanamarca. La fiscalía tiene además a su favor un cambio reciente en las leyes del procedimiento que le permite promover la reorganización de los casos ya abiertos, separando o acumulando los hechos que estén en procesos originalmente mal planteados.
En estas condiciones, comenzar otra vez con un caso insignificante sería un error inaceptable.